viernes, 24 de diciembre de 2010

Prohumanismo

Soledad JARQUIN EDGAR

En sólo unos días habrá terminado el año y esta noche el mundo cristiano celebra la Navidad. La Navidad que es el recordatorio de un nacimiento que cambió la historia, por eso pienso que la Navidad es una propuesta para nuestro propio nacimiento o renacimiento.

En esa reflexión estoy esta mañana. Vivimos en un mundo desigual y pretendemos ser iguales. Entonces es difícil avanzar y enfrentamos dificultades para compartir el planeta tierra con millones de seres humanos que piensan y hacen cosas diferentes a lo que como sociedad esperamos.

Habitamos nuestro planeta, la tierra, donde lamentablemente algunas personas, sí, sólo algunas, concentran y administran la riqueza y la mayoría está desposeída, una mayoría que tiene mucho menos que otros y otras o quizá no tienen nada, absolutamente nada. El rostro de esa pobreza está en la hambruna que recorre el mundo y eso “es inhumano”, decimos con frecuencia.

Seguimos sorprendidos e indignados, porque a pesar de los avances en muchos de los ámbitos del quehacer social, político, científico, artístico y en todo el quehacer humano, persisten las guerras y quienes menos tienen que ver con esos odios, son quienes pagan los altos costos de la violencia.

La muerte de “civiles” –como dicen los partes de guerra, cuando se refieren a mujeres de todas las edades, a los niños y adultos mayores-, se cuentan por miles y millones a lo largo de la historia, son tantas que hay quienes creen que la muerte de personas en la guerra “es natural, que ya éramos muchos”. Es curioso, pero después de una guerra, sea entre naciones distintas o dentro de un mismo país, al final no vemos al vencedor, vemos gente derrotada, devastada, vidas terminadas.

Somos reflejo de la formación que hemos recibido por generaciones bajo un mismo patrón de conducta, siguiendo una misma línea e idénticas reglas, de ahí la intolerancia con quienes no son iguales a nuestro color de piel, edad, costumbres, preferencias sexuales, sexo o porque físicamente las capacidades de esos otros y otras son distintas y, aún peor, porque las otras personas piensan de un modo distinto. Por eso rechazamos, juzgamos, condenamos, excluimos y asesinamos.

Seguimos estereotipando a las personas por lo que hacen, por cómo visten, por lo que dicen y piensan, por la forma en que viven o por la manera en que aman y, curiosamente, con nosotros y nosotras, con nuestro núcleo social o comunitario inmediato sucede lo mismo, alguien siempre nos verá por ser de otra forma y terminará por marginarnos, por discriminarnos en algún momento.

Es esa condición, del poder que no es para servir, donde se piensa, que unos pueden disponer de todos los derechos de quienes son distintos.

Por siglos, se creyó que el color de la piel determinaba poder o esclavitud y a pesar de que se ha demostrado que somos iguales unas y otros, hay necios terribles que siguen esclavizando mujeres y hombres para el comercio sexual o el trabajo forzado. Eso sucede frente a nuestros ojos, en la misma colonia en que vivimos, en el municipio que habitamos, en el bar que frecuentamos.

La diferencia por sexo ha excluido a las mujeres de sus derechos fundamentales y hoy, en este siglo XXI, se escuchan las voces de la misoginia en chistes, atestiguamos el feminicidio, nos horrorizamos frente a la mutilación genital, sentimos la impotencia que produce una violación sexual y la violencia que degrada, que sojuzga, que mata a las mujeres por ser mujeres o se les encarcela porque decidieron tomar, apropiarse de su derecho al cuerpo, transgrediendo con ello la voluntad de los otros, los otros que por siempre han violentado sus cuerpos.

Hoy, discutimos si ser gay, lesbiana, bisexual o persona transgénero es ir contra “natura”, si tienen derecho o no a vivir juntos, si deben o no tener o adoptar hijos e hijas. Y seguimos escuchando necedades que llevan no sólo a señalar, no sólo a criticar, no sólo a condenar, a excluir o marginar, también, como en el caso de las mujeres, se asesina a quienes optan por amar a las personas de su mismo sexo, se llama homofobia.

De igual forma, construimos un mundo, una ciudad, un salón de clases, un centro comercial, un automóvil y todo lo que nos rodea para personas “normales” como nos llamamos a quienes podemos hablar, ver, caminar, escuchar o pensar al mismo tiempo, pretendiendo con ello desechar la presencia de quienes no pueden hacer lo mismo porque están sujetos a una cama, a una silla de ruedas, a la oscuridad o al silencio absoluto. Seguimos ocupando los cajones de los estacionamientos para personas con capacidades diferentes o personas adultas… sólo por recordar que de esa forma queremos ignorar, omitir, ocultar.

Es el mundo común, sin embargo, siempre habrá quienes tienen la esperanza de que algo cambie y luchan por alcanzar ese objetivo. Hay quienes están construyendo una forma de ser diferentes y creen en la posibilidad de transformar la manera de medir la vida, la existencia humana. Lo hacen a diario, ensayan esa otra forma de vida todos los días, nunca se olvidan de hacerlo.

Sí, a pesar del mundo desigual, se elabora desde hace décadas y quizá cientos de años, una nueva fórmula de convivencia. En ella se han depositado pócimas de amor convertidas en hermosas piezas musicales, obras literarias, fantásticas obras visuales sobre lienzos de tela, en piedra o metal…

La naturaleza misma, aún cuando la hemos lastimado sin medida, nos regala hermosos paisajes o esas pequeñas cosas que nuestra virulenta y agitada vida nos imposibilitan ver, sentir, escuchar y admirar.

Nuestras diferencias no deben ser el campo de batalla sino el molde para hacer la nueva receta.

La historia lo cuenta: el racismo, el sexismo, la discriminación, la exclusión o la violencia, escenarios descarnados del dolor que suponemos ajenos, porque le pasa a gente que en la gran mayoría de los casos no conocemos o que vive lejos en Ciudad Juárez, en Tamaulipas, en Monterrey, en Centroamérica o tal vez al otro lado del mundo; violencia que despierta al monstruo morboso que llevamos dentro, cuando durante el día la observamos en la calle rumbo a nuestros hogares, cuando viajamos al trabajo o a través de las muchas versiones de las cajas electrónicas desde la comodidad, que nos da también, el suponer que son otros y otras quienes orquestan estos espectáculos que todavía nos alteran el pensamiento, los sentimientos y preguntamos en silencio y no a gritos ¿por qué?.

Pero no siempre son otros ni siempre somos sólo espectadoras. Cuando nos llega la conciencia y nos obligamos por voluntad a cambiar el mundo, cuando sentimos la necesidad de que debemos invertir la forma de medir al resto, a los diferentes, a quienes no son iguales, entonces dejamos de ser sólo una parte individual y nos convertimos en prohumanas y en prohumanos, así, una sola palabra, sin guiones, sin que nada las separe.

Porque todavía tenemos esa sustancia llamada “posibilidad”. Eso que tiene muchos nombres, pero que juntas se convierten en una sola sustancia: hay quienes le llaman esperanza, le llaman amor, le llaman paz, le llaman solidaridad, le llaman concordia... pócimas intangibles, le llaman enamorase de la vida o enamorar a la vida, le llaman creación humana de lo verdaderamente humano y somos -estos y estas que somos-, quienes poseemos la llave para abrir esa puerta de un mundo mejor, un mundo donde todo puede ser de otra manera:

Practiquemos la tolerancia sin que eso signifique rendirse ante el fanatismo.

Practiquemos la paz sin que ello implique ceder nuestra batalla por vivir.

Practiquemos el amor y que ese amor haga crecer nuestra existencia, nuestra ilusión, nuestra posibilidad.

Practiquemos la esperanza para que la hendidura por donde hoy se cuela esa luz se convierta en una puerta por donde pueda pasar la posibilidad, el amor, la ilusión, la tolerancia.

Practiquemos todos los días, quizá echemos a perder algunas fórmulas, probemos con otras, tendremos que encontrar como revertir el sistema de dolor por un sistema donde la igualdad sea la medida perfecta del prohumanismo.

Entonces sólo así nuestro nacimiento o renacimiento contribuirá a cambiar el mundo.

lunes, 20 de diciembre de 2010

A reserva: Estado de Derecho

Aludiendo las enseñanzas de mi padre Dr. Miguelangel García Domínguez, Ministro jubilado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Hoy en su cumpleaños.

Bárbara GARCÍA CHÁVEZ

Ciertos grupos reclaman, a veces, que se castigue a los delincuentes para que haya Estado de Derecho; algunos gobernantes, sobre todo después de hacer uso de la fuerza pública, afirman que están aplicando el Estado de Derecho.

Estas frecuentes afirmaciones hacen evidente el desconocimiento generalizado de lo que significa Estado de Derecho.

De modo normal, en un país cualquiera hay Estado y hay Derecho, pero no necesariamente habrá Estado de Derecho; baste recordar la Alemania nazi, la Italia fascista o la Rusia de Stalin.

Además, el hecho de que se violen algunas leyes no implica que deje de existir el Estado de Derecho, lo que habrá será una ruptura del orden legal; por otra parte, el que el Estado imponga sanciones a quien violente el orden público implicará que se está aplicando el Derecho, no que se esté imponiendo el Estado de Derecho.

El “Estado de Derecho” contrasta con todo poder arbitrario y se contrapone a cualquier forma de Estado absoluto o totalitario, como ocurre con el llamado “Estado policía”, que se caracteriza por otorgar facultades discrecionales excesivas a los órganos de la administración, sobre todo a la policía para conseguir cualquier clase de fines que se proponga alcanzar.

La filosofía político-jurídica nos informa de los orígenes y de la evolución de la idea de “gobierno limitado” y “gobierno de la ley” que constituyen paradigmas precedentes del concepto “Estado de Derecho”.

Aunque existen antecedentes más o menos precisos, en la antigüedad, con los griegos (Herodoto, Platón, Aristóteles y Demóstenes) y los romanos (Tito, Livio, Tácito y Cicerón), es en el Medioevo donde encontramos las más claras apologías del gobierno limitado; por ejemplo, el Obispo Giona de Orleáns, en el siglo IX escribía: “Por eso es colocado en este trono de rey, para pronunciar juicios justos, de manera que tome medidas personalmente e investigue con atención que ninguno en el juicio se aleje de la verdad y de la equidad”.

El Rey, por tanto, era la fuente de la justicia, la persona en la que los derechos de los súbditos podían encontrar su natural tutela y necesaria garantía.

Isidoro de Sevilla, un Obispo que vivió entre los siglos VI y VII, afirmó: “Los reyes son llamados así por la función de regir, pero el Rey que no corrige no rige. Por lo tanto, sólo actuando correctamente conservará el nombre de Rey”. Y el criterio para la corrección del comportamiento del Rey era su respeto a la ley.

Juan de Salisbury, en el siglo XII escribió: “Entre un tirano y un príncipe existe esta esencial diferencia: que éste obedece a la ley, y según ella gobierna al pueblo, del cual se considera servidor. En efecto, la autoridad del príncipe deriva de la autoridad del derecho; de modo que el príncipe no piense que le sea lícito lo que se aleje de la equidad y la justicia”.

Por su parte, Henry de Bracton, un juez de la corte inglesa, en la primera mitad del siglo XIII escribió el tratado de derecho denominado “De la Ley y la Costumbre Inglesas” que se volvió libro de texto clásico y que sirvió para formar a los juristas ingleses hasta fines del siglo XVII; ahí Bracton afirmó que “no hay Rey allí donde manda su voluntad y no la ley”; y que “el Rey no tiene todo el poder sobre la tierra que no sea el que le confiere el Derecho”; que “el suyo es el poder del derecho, no de la injusticia”; y que “el Rey está sujeto a la ley, porque es la ley la que hace al Rey”.

En la Inglaterra de 1600 se creó la expresión “RULE OF LAW”, que no puede traducirse literalmente pero que significa “el gobierno de la ley”; la locución “Rule of Law” retoma ampliamente temas medievales, para afirmar la igualdad de los ciudadanos ingleses frente a la ley y para combatir toda arbitrariedad del gobierno que lesione sus derechos. El “Rule of Law” es parte muy importante de la experiencia cultural, política y jurídica, típica de Inglaterra, que siempre ha afirmado la jerarquía del Derecho por encima del gobierno, la subordinación del gobierno al Derecho. Este principio general del sistema inglés implica la exclusión de todo poder discrecional o arbitrario que pueda lesionar los derechos de los ciudadanos.

El ideal alemán del “Rechtstaat” que se traduce como “Estado de Derecho”, nace en la Prusia de 1700; y en la codificación promovida por Federico II, se difunde el ideal de la certeza de la ley, justamente cuando se inicia la formación de una compleja maquinaria burocrática que pone cotidianamente al ciudadano en contacto con la administración pública y, por lo tanto, con sus posibles abusos.

Pero es en el tercer decenio del siglo XIX, cuando el alemán Robert von Mohl utilizó ya el vocablo “Rechtstaat” o Estado de Derecho en su sentido moderno.

La ilustración francesa, el ideario del constituyente americano y del constitucionalismo liberal burgués, recogieron las principales exigencias del sistema constitucional inglés: supremacía del Derecho sobre el Estado, seguridad jurídica, división de poderes, protección de los derechos y libertades fundamentales de los seres humanos, limitación y racionalidad en el uso del poder, etc. Como resultado, la expresión Estado de Derecho adquirió una connotación técnica que lo identifica con un ideal político específico, utilizándose para designar un tipo de Estado que satisface las exigencias antes enumeradas; además, le asignó el concepto Estado de Derecho al carácter de un verdadero dogma en la lucha contra la arbitrariedad y el abuso del poder del Estado.

La función que desempeña el Estado de Derecho es la de una limitación efectiva y regularizada de la actividad de los órganos de gobierno.

El Derecho, y en particular la Constitución, no son un simple instrumento de gobierno, sino el marco que sirve de límite a la actividad del gobierno.

El Estado de Derecho es un argumento que los ciudadanos pueden oponer al Estado, pero no al revés.

El Estado de Derecho consiste, precisamente, en la sujeción de todos los integrantes del gobierno a las formas ético-jurídicas que excluyen el abuso y la arbitrariedad y aseguran a los ciudadanos una existencia digna y libre.

Estado de Derecho no es un término neutro para uso meramente descriptivo; es uno de los más importantes ideales jurídico-políticos a través del cual se le garantiza a los ciudadanos el respeto a sus derechos y libertades fundamentales.

Esta es una concepción sobre la naturaleza del poder del Estado que pone el acento sobre la ley por medio de la cual se limita el poder de los gobernantes.

El Estado de Derecho es, por definición, un gobierno limitado; es el impulso del gobernante limitado por la racionalidad de la ley; es el poder del Estado acotado por los derechos fundamentales de los ciudadanos y por la división de poderes.

Si el Estado de Derecho fuera sólo un modo de ejercer la fuerza del Estado, si el Derecho no constituyera un verdadero y eficaz límite a la fuerza del Estado, si sólo fuera el modo de manifestarse su poder, llegaría a constituir únicamente una forma de despotismo jurídico.

Causa alarma el creciente desdén por las formas políticas en la vida del Estado. Debe asustarnos que las acciones autoritarias se vuelvan costumbre.

Si los procedimientos basados en la fuerza le parecen a un gobierno bastante más rápidos y eficientes que otros procedimientos más democráticos, más racionales, de conciliación de intereses, de alternativas de solución a los problemas, se correría el riesgo de que el propio gobierno degenere en tiranía.

Finalmente, debemos recordar que la policía es una corporación cuyos miembros tienen el deber profesional de soportar el peligro; y que, para mantener el “Estado de Derecho”, la fuerza pública debe usarse como último recurso y después de buscar todas las alternativas posibles para prevenir el conflicto; y en caso de que no quede más remedio que usar la fuerza, hacerlo de manera racional, proporcionada y prudente, tratando de no causar daño o de causar el menor daño posible.