Urdimbre de memorias
· Homenaje a las abuelas curadoras, a las madres sabias que intervinieron
ante la fuerza para que el espíritu de nosotros y del mundo prevalezca
Gabriela Bermúdez Santos
· Gabriela fue descubrir la
inmensidad de posibilidades de ser mujer y no sólo la “buena mujer”
Aline CASTELLANOS
Una siempre es un tejido inacabado.
Yo soy un tejido inacabado. La urdimbre que me sostiene está hecha de las
luchas de otras, las que estuvieron antes; las que están.
Ancestras que son espejos, maestras
que son campanas. Las mujeres de mi tejido son tantas que si pienso en ellas en
la mente aparece algo como la pantalla de cine con los créditos finales.
Incontables nombres y rostros, historias que son raíz y savia cotidiana.
Palabra de mujer que me ha
iluminado; lucha de mujer me ha abierto brecha; complicidad de mujer me ha
sostenido.
Qué seria de mi sin las locas, las
brujas, las putas, la sumisas, las tercas, las universales, las solidarias, las
rientes. Porque ninguna se parece a la madre Teresa de Calcula (tan perversa ella), sí a
Remedios Varo que me regaló la maravilla de imaginar; a mi tía Rosario
Castellanos –yo la adopté como parte de mi ascendencia-; a la Comandanta
Ramona, a las madres de la Plaza de Mayo, a la Yourcenar, a Chavela, a mis
amigas, las oaxaqueñas, la ayuuk y las tecas, las chilangas, la bolivarianas.
Tan “palante compañera”, tan ciudadanas del mundo ellas; las que pisan la
tierra y las que ya se fueron. Qué seria de mi sin la raíz negra que me regaló
Mamá Ina, mi negra abuela; sin la dulzura de María, mi madre; sin la risa de
Abya, mi hija.
Una está inundada de ellas;
continúa –o pretende continuarlas-, una es afortunada heredera. Y ellas son las
locas culpables de lo poco que una es. O, así, en primera persona, yo soy un poco culpa de ellas.
Culpable es Virginia Woolf de que
yo quisiera un cuarto propio y saliera a rentar un cuartucho de azotea en lugar
de casarme e irme, como Dios manda, a vivir con mi marido.
De no querer casarme, de
preguntarme si quería embarazarme, de pensar que soy gente –contra todo lo
asegurado por siglos de sabiduría masculina-, de sentirme feminista, de pensar
que mi cuerpo es mío, de creer que el cuerpo de cada mujer es de ellas, de
pensar que yo soy yo, en gran parte es obra y gracia de ellas, las
iluminadoras.
En la urdimbre personal ay un hilo
que jala la madeja. Una especie de parteaguas personalísimo. Para mí fue
Gabriela, la arrebatada.
La primera vez que la vi estaba
sentada en la oficina de redacción del semanario La Hora. Un sombrero de palma
bajo el cual había un par de ojos pequeños, sonrientes y preguntones y una
sonrisa enorme que le ocupaba toda la cara. Toda ella sonreía. Yo iba a pedir
trabajo, me habían dicho que hablara con la directora del periódico, una tal
Gabriela Bermúdez. Yo esperaba a una señora “bien vestida” y adusta. A mis 17
años yo creía que una directora de lo que fuera, mínimo debía tener zapatillas
y traje sastre. Era mi noción del buen vestir y de autoridad. Pero la chava ésa
de huaraches –ella tenía 23 años- que me sonreía no tenía nada que ver con mi
imaginario personal de “la directora del periódico”.
Me quedé en el periódico y Gabriela
fue descubrir a Simone de Beauvoir y a
Gioconda Belli; las terracerías de las comunidades, las cantinas de Oaxaca; la
inmensidad de posibilidades de ser mujer y no sólo la “buena mujer”. Descubrir
–a fondo- la amistad y la complicidad insustituible entre las mujeres; la
posibilidad del placer, de la noche, de lo negado por los siglos de los siglos
para nosotras. Gabriela y las inacabables preguntas, la que metió dudas donde
había anquilosadas certezas. Gaby es la mujer a la que especialmente quiero
decir hoy gracias por las puertas que me ayudó a abrir.
Los hilos de mi urdimbre personal
se tejen con la muchedumbre de mujeres que me habita, con las que he llorado,
con las que he creído que otro mundo es posible para nosotras, con las que he
dicho “basta”; basta de violencia, basta de controlarnos, basta de
demonizarnos, de inferiorizarnos, basta de ser invisibles, basta de violentarnos,
de desaparecernos, de asesinarnos. Ha sido tan difícil decretar “soy humana” en
este mundo –patriarcal- que muchas mujeres han sido asesinadas por eso.
Ese caudal de mujeres que me
habita, entró, estoy segura por las rendijas que Gabriela me ayudó a encontrar.
Me faltaría hablar de tantas, de cada una, pero hoy quiero volver a la memoria
a la Gabriela estruendosa, bailadora, solidaria. Ver una mujer libre me hace un
poco libre a mi también.
Amiga, compañera, hermana, Gabriela
arrebatada por la vida, tan a los 27 años. Qué regalo haber tenido una Gabriela
para tejer con todas, reconocerme en otras, para caminar hombro con hombro, qué
regalo para caminar un trecho de la vida.