jueves, 10 de noviembre de 2011

Feminicidio


Del dolor a la acción
Por Jean Jean-Michel Bouvier, padre de Cassandre

El viernes 15 de julio, en las alturas de Salta en el norte de Argentina, mi hija Cassandre fue golpeada, violada y asesinada de un disparo en el medio de la frente. En la morgue del hospital de Salta, sus grandes ojos negros helados de espanto pero plenos de trágica determinación, así como las numerosas marcas del desencadenamiento de las violencias padecidas por su cuerpo, nos petrificaron de horror al padre, la madre, el hermano y la hermana llegados hasta allí para honrar por última vez sus despojos y llevarla de regreso con nosotros a Francia.

Al día siguiente, se impuso en mí la idea de que el encadenamiento de actos cometidos primero contra su libertad de mujer y finalmente contra su vida merecía una calificación específica que tuviese las mismas consecuencias jurídicas que un crimen contra la humanidad. Al día siguiente, descubrí en la embajada de Francia en Buenos Aires el concepto de feminicidio, común al conjunto de América Latina. Había encontrado el estandarte del combate que habría enorgullecido a mi Cassandre.

Inscribir el crimen de feminicidio en el derecho penal de mi país es desde ahora el Grial de mis viejos días. El ser humano que golpea, viola y asesina a una mujer porque es mujer y dispone de un ascendente físico sobre ella será denunciado como un bárbaro y castigado al igual que quien comete un crimen contra la humanidad. Lo mismo sucederá con quienes cometan este crimen de forma colectiva.

Yo no soy nada sin el apoyo del conjunto de mujeres y hombres de buena voluntad y sin el de las organizaciones que militan por los derechos humanos y contra la violencia hecha a las mujeres. A Cassandre no le gustaban la injusticia y sus consecuencias: la pobreza, la relegación, la exclusión. Le gustaba buscar aquello que permitiese a las personas desfavorecidas salir de su condición. Le gustaba ser solidaria con todos los que sufren y actuar por ellos.

Espero de las autoridades ejecutivas y legislativas de mi país que afirmen la necesidad absoluta de garantizar cada vez más los derechos de las mujeres y particularmente su derecho a la libertad y al respeto de su integridad física. El 1º de septiembre, le solicité al presidente de la República que tomase la iniciativa en este sentido. Pronto me dirigiré al Senado y a la Asamblea Nacional. Durante la próxima elección presidencial, pediré a los candidatos que tomen posición sobre el tema. Llamaré a los electores a negar el voto a los candidatos que no se hayan comprometido explícitamente por la inclusión del crimen de feminicidio en el código penal.

La muerte de Cassandra y de Houria, su compañera de viaje, es ciertamente un "caso policial" y es comprensible que sea borrado. Pero las condiciones abominables de su asesinato son una negación de la mujer que merece un eco mediático constante para la protección de los seres vulnerables.

Para aliviar mi dolor, le pedí a Cristina Kirchner, presidente de la Argentina, la edificación de una estela conmemorativa en el sitio mismo en el cual Cassandre y Houria fueron negadas. Durante una estadía reciente en Francia, ella me dio garantías sobre este punto. En los sueños más locos, imagino esta estela como la ilustración de una amistad franco-argentina soldada contra el crimen de feminicidio. La imagino como la primera de una serie que formará una guirnalda alrededor de la Tierra para dar testimonio del combate incansable en defensa de la vida de las mujeres.

Gracias, Cassandre, por infundirme tu generosidad, tu entusiasmo y tu corazón. Houria y tú son, desde ahora, para vuestras familias, ángeles inseparables. Serán también heroínas para todas las mujeres argentinas y francesas. Formulo el deseo de que lo sean también para todos los hombres argentinos y franceses.