miércoles, 19 de agosto de 2015

Mujeres y Política Violencia obstétrica



Soledad JARQUÍN EDGAR
En México tres entidades han tipificado como delito las malas prácticas médicas en obstetricia: Chiapas, Guerrero y Veracruz, y en otros estados del país es ya un trámite en el Poder Legislativo. Otra corriente de opinión señala que castigar al personal médico es ver sólo la punta del iceberg, ocultado que se trata de un problema estructural donde el personal médico es el menos responsable. Dos puntas de la hebra que van una al oriente y otra al poniente.
En 2012, en Oaxaca el planteamiento se quedó en la congeladora del Legislativo y no pasó. Algunas personas suponen que fue por presiones de los empresarios de la salud, entre ellos, el ex titular del ramo, Germán Tenorio Vasconcelos, y claro, las presiones de quienes eran los principales interesados, los sindicatos de salud, que al paso del tiempo exploraron y realizaron sendos paros laborales que develaron las deficiencias materiales y de personal que obstaculizan brindar un servicio médico eficiente y de calidad.
Paros que terminaron con la salida de Tenorio Vasconcelos, bajo cuestionamientos de enriquecimiento, la sospechosa muerte de un colaborador cercano, entre otros asuntos. Lo cierto es que Oaxaca se encuentra como un estados discriminador de las mujeres en el ámbito de la salud. ¿Cómo en Oaxaca? Para nadie resulta una sorpresa, pues la discriminación y la violación de los derechos fundamentales son una constante.
Sin duda, escuchar las historias de mujeres cuya salud y vida han sido expuestas como resultado de la negligente actitud del personal médico de las clínicas de salud-del seguro popular, del IMSS y del ISSSTE, así como de otros hospitales públicos del país, nos lleva a pensar en la necesidad de establecer sanciones a quienes faltaron a su deber como profesionales, pero no son los únicos dice GIRE, el organismo que desde hace 23 años ha puesto la lupa a la violación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.
En el papel la vida de las mujeres está garantizada. En la práctica, no. En la realidad las mujeres vivimos una discriminación simulada, como señaló la titular de GIRE, Regina Tamés, al presentar el informe Niñas y Mujeres sin Justicia, Derechos Reproductivos en México, una radiografía de más de dos años de trabajo, de investigación ardua y profunda en las propias instituciones del país, que pone en blanco y negro la condición de precariedad del sistema de salud en México, cuyos resultados se reflejan en permanente violación al derecho a la salud y a los derechos sexuales y reproductivos de las personas, en específico de las niñas y las mujeres.
Casos emblemáticos y dolorosos fueron presentados en el Museo Rufino Tamayo de la capital mexicana, que emocionaron –yo diría de manera justificada- a la titular de GIRE al revelar los nombres de las mujeres, que son litigados por este organismo, entre ellos el de Susana, chiapaneca que murió como resultado de una negligencia médica al momento del parto; también se presentó el de Irma, la mazateca cuyo parto en el jardín de una clínica de Oaxaca le dio la vuelta al mundo y puso sobre la mesa un tema que pronto se volvió frecuente: parir afuera de las clínicas de salud por malas decisiones tomadas no sólo por personal médico sino también por administrativos y de seguridad.
GIRE sostiene que criminalizar la violencia obstétrica solo castigando al personal médico, oculta el mar de fondo y no resuelve el problema, las pésimas condiciones del sistema de salud pública del país, problema del que las mexicanas nos venimos quejando desde hace décadas, indudablemente se ha recrudecido por las crisis financieras y por meter con calzador el llamado seguro popular que acabó por reventar lo poco que quedaba, de ahí que el sistema resulte peor cada día y la propuesta es ir al fondo.
El dilema para las mujeres embarazadas y que tienen seguridad social es tomar el riesgo de atenderse en una clínica pública o pagar una suma estratosférica para ser asistida en una clínica particular. Lo que está en juego es su vida y la del futuro hijos o hija. Habrá quien pueda pagar pero otras simplemente no tienen opción. Si usted se toma la molestia de preguntarle a tres mujeres cómo fueron atendidas durante el parto y si esas mujeres pueden identificar los riesgos que corrieron, sus respuestas seguramente le ayudaran a entender el Informe de GIRE, además de coincidir con la aseveración rotunda que hizo Regina Tamés al señalar que a las mujeres también se les “ejecuta” en los hospitales del país, en esa comparación con la violencia brutal derivada de la delincuencia organizada que atraviesa a México.
Cierto hay que mirar el fondo del problema, seguramente plagado de acciones de corrupción. Cierto que hay que cambiar el sistema porque los costos humanos son sumamente altos, incluso para las niñas, pero yo creo que sin dejar de mirar al personal médico, que indudablemente tiene que cambiar su actitud y que también es innegable ha sido solapado por sindicatos y por el Consejo de Arbitraje Médico, donde la iglesia está en manos de Lutero.
Los médicos no son dioses son seres humanos iguales a las pacientes, a las mujeres que acuden para ser atendidas en un parto y que lo menos que esperan son gritos, regaños, cachetadas, cesáreas no necesarias,  malas prácticas médicas o que sus cuerpos se conviertan en escuela donde todo un grupo de futuros profesionistas pueden tocar, imposición de métodos anticonceptivos o negación a la interrupción legal del aborto, cuando se presenta una o varias de las ocho causales de aborto legal que de manera distinta se pueden realizar en las 32 entidades del país, incluso hasta la semana número 12 como sucede en el Distrito Federal.
Sí, en México el aborto es legal según la entidad donde se viva. Sin embargo, el reconocimiento de la personalidad jurídica desde el vientre, ha llevado a creer que abortar es un delito per se, de ahí que el personal médico haya denunciado, entre agosto de 2012 y diciembre de 2013, a casi 700 mujeres en el país, la mayoría increíblemente en el Distrito Federal; además existen de 75 juicios –Distrito Federal, Puebla e Hidalgo, con mayor número de casos- y 29 sentencias, seis en Distrito Federal, tres en cada una de las siguientes entidades: Guerrero, Morelos, San Luis Potosí, Sinaloa, con el mayor número.
Así, en estos momentos 13 mujeres están en prisión preventiva –Chihuahua, 4; DF, tres; México, 2; Oaxaca y Sonora con un caso cada entidad; además de nueve más en prisión definitiva, Hidalgo, con tres; Michoacán con dos; México, Oaxaca, Querétaro, Sonora y Yucatán, con uno por entidad.
Así mientas se persigue a mujeres que interrumpieron sus embarazos, muchas veces involuntariamente, la violación sexual de niñas es un delito que no se castiga siempre.  Considerando que sus victimarios pueden estar dentro de sus propias familias, una denuncia de violación está sujeta a pruebas difíciles para una menor, muchas amenazadas y llenas de miedo no denuncian y otras niñas ni siquiera saben que enfrentan un embarazo hasta el último momento, niñas de 10 a 19 años, según datos de GIRE, a quienes se les niega el derecho a abortar, como sucede con ocho casos que acompaña esta organismo y que terminan con la pérdida de la vida o en coma, como pasa en estos momentos con Marielos, una niña de 13 años obligada a tener a su hijo producto de una violación y que pese a detectar un posible cuadro de eclampsia no fue atendida por un especialista.
Marielos, como otras muchas mexicanas son las víctimas del sistema de salud y el personal que en el trabaja, pero también lo son de la sociedad mexicana que ha naturalizado la violencia obstétrica y que ve como normal la violación a los derechos sexuales y reproductivos. Pero como indica GIRE, detrás de cada número hay una mujer con nombre y apellido, con sueños y proyectos, muchas veces truncados. Niñas y mujeres sobre las que se cometió un delito que nunca o casi nunca se persigue y menos se castiga.
@jarquinedgar



lunes, 10 de agosto de 2015

Desvíctimizar a las indígenas en la gran capital


Miriam RUIZ
SemMéxico.- Pese a que en la más reciente Encuesta sobre la Discriminación 2013, las indígenas siguen al fondo del imaginario social, en la capital mexicana se impulsan políticas públicas que les permiten dejar de ser las “pobres víctimas” en necesidad de asistencia y convertirse en sujetas de su historia.
En el Distrito Federal, con casi cuatro millones de mujeres habitando sus 16 delegaciones, se hablan al menos 55 de las 68 lenguas indígenas del país, lo que muestra la variedad de pueblos originarios en la ciudad, según datos oficiales. Aunque hay una danza de cifras, casi 123 mil personas, de cinco años en adelante, hablan alguna lengua indígena, en orden decreciente náhuatl (28%), mixteco (11%), otomí (10%), mazateco (9.6%) y zapoteco (8%).
Del total de recursos para apoyar la agricultura citadina y la comercialización de productos agrícolas de la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec), 60% fueron a dar a manos de mujeres, incluidas indígenas, muchas de ellas de 143 pueblos y 171 barrios originarios del Distrito Federal.
Rosa Pineda Luna, zapoteca, graduada en Ciencias Políticas y a cargo de Fomento, Promoción e Información de la Interculturalidad y la Ruralidad en la Ciudad de México, rechaza la mirada victimizante que las políticas públicas han tenido hacia las indígenas.
“No concuerdo, no me gusta que me traten como víctima “pobrecita” o tonta por ser indígena”, explica la funcionaria que impulsa el Centro de la Interculturalidad de la Ciudad de México. Las juchitecas “venimos a tomar lo que esta ciudad tiene para ofrecernos y mis paisanas que venden oropeles o tamales afuera de las estaciones vienen acompañando a un hijo o a varios hijos, van y vienen para vender. Son comerciantes.”
La mirada pública cambió desde los años 70, cuando la antropóloga, Lourdes Arizpe, miró quizá por primera vez la situación de las indígenas migrantes y comerciantes en la calle o mendicantes en la capital mexicana en su libro “Indígenas en la ciudad: el caso de las Marías”.
En esos años setenta, El Heraldo reportaba la inauguración de un Centro de Atención a Mujeres Mazahuas y Otomíes y a lo largo de las décadas se dieron otros esfuerzos para dejar de invisibilizar y fortalecer a las mujeres indígenas, pero sin una obligación explícita de las autoridades.
Hasta los ochenta y principios de los noventa, los medios feministas contaban la brutalidad de las razzias u operativos policiacos que detenían a la población callejera, y jalaban de las trenzas de las mujeres indígenas como práctica cotidiana.

Leyes interculturales para acciones públicas en la megalópolis

 El Distrito Federal aprobó en 2011 la ley –y el reglamento– de Interculturalidad, Atención a Migrantes y Movilidad Humana que valida los distintos orígenes de la población y reglamenta el compromiso de las autoridades para combatir prejuicios y asegurar mecanismos que brinden igualdad de oportunidades para que las mujeres y hombres conserven y fortalezcan sus identidades.
Igualmente, este 2015 se presentó en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal un anteproyecto de Iniciativa de Ley de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes del Distrito Federal, discutida en 200 asambleas comunitarias.
“Yo no soy muy de la postura de que la mujer sufre más o se enfrenta a más cosas, pero enfrenta una carga especial, es la que va a sustentar la familia, cuidar a los hijos, y allí enfrenta un problema extra para ella, es muy difícil una escuela nueva. Si vienen de espacios grandes, ¿qué pasa en estas ciudades tan cosmopolitas? Que los espacios se reducen en los departamentos y los niños que jugaban en el exterior se vuelven niños en interiores frente a una televisión”, agrega la zapoteca que llegó al DF a estudiar Filosofía y Ciencia Política en la UNAM.
“Nosotras las indígenas, de venir de jugar en la calle, de hacer todo en los patios de las casas, cuando llegamos a estudiar, rentar un cuarto, el espacio se reducía completamente. Eso te ahoga, violenta tu identidad. La ciudad nos trató bien a las istmeñas, pero nuestro problema es la nostalgia.”

Guardianas de identidades

Los programas educativos de interculturalidad en predios donde habitan indígenas que ofrece Sederec toma los aportes de las mujeres. “Las mujeres son guardianas de la fuerza identitaria”, explica Rosa Pineda, una de las impulsoras del Centro de la Interculturalidad en la capital mexicana.
Una necesidad es evitar la deserción escolar de niñas y niños. Y “uno de los problemas que enfrentan las mujeres son las tareas, -¿cómo les ayudamos si no sabemos?, nos dicen. E hicimos grupos de tareas con las mamás. Después mencionaron que tenían problemas entre vecinas y se hizo un taller de identidad y acercamiento vecinal”.
Los deseos de estas mujeres pueden estar en línea o no con el programa gubernamental. Sus sueños pueden ser terminar un diplomado o ir a conocer un restaurante chino y poderse arreglar para la ocasión como a ellas les guste.
El Centro de Interculturalidad de la ciudad de México, que tendrá pronto una sede en el Centro Histórico, es el segundo que se inaugura en su tipo. Entre sus objetivos está fortalecer una oferta educativa con pertinencia social y lingüística: educación básica, computación para adultos mayores, costura y bordado pero con actualización de diseños para que se comercialicen mejor los productos. Y clases por correspondencia, porque no se puede asumir que todas las personas llegarán o tienen ya una computadora.
Si las políticas públicas no te pueden devolver el verdor de la montaña o el aroma de la lluvia, por lo menos pueden facilitarles a las mujeres de medio centenar de pueblos lo mejor de la ciudad. Rosa Pineda resume el sentido de las políticas: “No dar el pescado, sino enseñar a pescar.”