lunes, 20 de diciembre de 2010

A reserva: Estado de Derecho

Aludiendo las enseñanzas de mi padre Dr. Miguelangel García Domínguez, Ministro jubilado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Hoy en su cumpleaños.

Bárbara GARCÍA CHÁVEZ

Ciertos grupos reclaman, a veces, que se castigue a los delincuentes para que haya Estado de Derecho; algunos gobernantes, sobre todo después de hacer uso de la fuerza pública, afirman que están aplicando el Estado de Derecho.

Estas frecuentes afirmaciones hacen evidente el desconocimiento generalizado de lo que significa Estado de Derecho.

De modo normal, en un país cualquiera hay Estado y hay Derecho, pero no necesariamente habrá Estado de Derecho; baste recordar la Alemania nazi, la Italia fascista o la Rusia de Stalin.

Además, el hecho de que se violen algunas leyes no implica que deje de existir el Estado de Derecho, lo que habrá será una ruptura del orden legal; por otra parte, el que el Estado imponga sanciones a quien violente el orden público implicará que se está aplicando el Derecho, no que se esté imponiendo el Estado de Derecho.

El “Estado de Derecho” contrasta con todo poder arbitrario y se contrapone a cualquier forma de Estado absoluto o totalitario, como ocurre con el llamado “Estado policía”, que se caracteriza por otorgar facultades discrecionales excesivas a los órganos de la administración, sobre todo a la policía para conseguir cualquier clase de fines que se proponga alcanzar.

La filosofía político-jurídica nos informa de los orígenes y de la evolución de la idea de “gobierno limitado” y “gobierno de la ley” que constituyen paradigmas precedentes del concepto “Estado de Derecho”.

Aunque existen antecedentes más o menos precisos, en la antigüedad, con los griegos (Herodoto, Platón, Aristóteles y Demóstenes) y los romanos (Tito, Livio, Tácito y Cicerón), es en el Medioevo donde encontramos las más claras apologías del gobierno limitado; por ejemplo, el Obispo Giona de Orleáns, en el siglo IX escribía: “Por eso es colocado en este trono de rey, para pronunciar juicios justos, de manera que tome medidas personalmente e investigue con atención que ninguno en el juicio se aleje de la verdad y de la equidad”.

El Rey, por tanto, era la fuente de la justicia, la persona en la que los derechos de los súbditos podían encontrar su natural tutela y necesaria garantía.

Isidoro de Sevilla, un Obispo que vivió entre los siglos VI y VII, afirmó: “Los reyes son llamados así por la función de regir, pero el Rey que no corrige no rige. Por lo tanto, sólo actuando correctamente conservará el nombre de Rey”. Y el criterio para la corrección del comportamiento del Rey era su respeto a la ley.

Juan de Salisbury, en el siglo XII escribió: “Entre un tirano y un príncipe existe esta esencial diferencia: que éste obedece a la ley, y según ella gobierna al pueblo, del cual se considera servidor. En efecto, la autoridad del príncipe deriva de la autoridad del derecho; de modo que el príncipe no piense que le sea lícito lo que se aleje de la equidad y la justicia”.

Por su parte, Henry de Bracton, un juez de la corte inglesa, en la primera mitad del siglo XIII escribió el tratado de derecho denominado “De la Ley y la Costumbre Inglesas” que se volvió libro de texto clásico y que sirvió para formar a los juristas ingleses hasta fines del siglo XVII; ahí Bracton afirmó que “no hay Rey allí donde manda su voluntad y no la ley”; y que “el Rey no tiene todo el poder sobre la tierra que no sea el que le confiere el Derecho”; que “el suyo es el poder del derecho, no de la injusticia”; y que “el Rey está sujeto a la ley, porque es la ley la que hace al Rey”.

En la Inglaterra de 1600 se creó la expresión “RULE OF LAW”, que no puede traducirse literalmente pero que significa “el gobierno de la ley”; la locución “Rule of Law” retoma ampliamente temas medievales, para afirmar la igualdad de los ciudadanos ingleses frente a la ley y para combatir toda arbitrariedad del gobierno que lesione sus derechos. El “Rule of Law” es parte muy importante de la experiencia cultural, política y jurídica, típica de Inglaterra, que siempre ha afirmado la jerarquía del Derecho por encima del gobierno, la subordinación del gobierno al Derecho. Este principio general del sistema inglés implica la exclusión de todo poder discrecional o arbitrario que pueda lesionar los derechos de los ciudadanos.

El ideal alemán del “Rechtstaat” que se traduce como “Estado de Derecho”, nace en la Prusia de 1700; y en la codificación promovida por Federico II, se difunde el ideal de la certeza de la ley, justamente cuando se inicia la formación de una compleja maquinaria burocrática que pone cotidianamente al ciudadano en contacto con la administración pública y, por lo tanto, con sus posibles abusos.

Pero es en el tercer decenio del siglo XIX, cuando el alemán Robert von Mohl utilizó ya el vocablo “Rechtstaat” o Estado de Derecho en su sentido moderno.

La ilustración francesa, el ideario del constituyente americano y del constitucionalismo liberal burgués, recogieron las principales exigencias del sistema constitucional inglés: supremacía del Derecho sobre el Estado, seguridad jurídica, división de poderes, protección de los derechos y libertades fundamentales de los seres humanos, limitación y racionalidad en el uso del poder, etc. Como resultado, la expresión Estado de Derecho adquirió una connotación técnica que lo identifica con un ideal político específico, utilizándose para designar un tipo de Estado que satisface las exigencias antes enumeradas; además, le asignó el concepto Estado de Derecho al carácter de un verdadero dogma en la lucha contra la arbitrariedad y el abuso del poder del Estado.

La función que desempeña el Estado de Derecho es la de una limitación efectiva y regularizada de la actividad de los órganos de gobierno.

El Derecho, y en particular la Constitución, no son un simple instrumento de gobierno, sino el marco que sirve de límite a la actividad del gobierno.

El Estado de Derecho es un argumento que los ciudadanos pueden oponer al Estado, pero no al revés.

El Estado de Derecho consiste, precisamente, en la sujeción de todos los integrantes del gobierno a las formas ético-jurídicas que excluyen el abuso y la arbitrariedad y aseguran a los ciudadanos una existencia digna y libre.

Estado de Derecho no es un término neutro para uso meramente descriptivo; es uno de los más importantes ideales jurídico-políticos a través del cual se le garantiza a los ciudadanos el respeto a sus derechos y libertades fundamentales.

Esta es una concepción sobre la naturaleza del poder del Estado que pone el acento sobre la ley por medio de la cual se limita el poder de los gobernantes.

El Estado de Derecho es, por definición, un gobierno limitado; es el impulso del gobernante limitado por la racionalidad de la ley; es el poder del Estado acotado por los derechos fundamentales de los ciudadanos y por la división de poderes.

Si el Estado de Derecho fuera sólo un modo de ejercer la fuerza del Estado, si el Derecho no constituyera un verdadero y eficaz límite a la fuerza del Estado, si sólo fuera el modo de manifestarse su poder, llegaría a constituir únicamente una forma de despotismo jurídico.

Causa alarma el creciente desdén por las formas políticas en la vida del Estado. Debe asustarnos que las acciones autoritarias se vuelvan costumbre.

Si los procedimientos basados en la fuerza le parecen a un gobierno bastante más rápidos y eficientes que otros procedimientos más democráticos, más racionales, de conciliación de intereses, de alternativas de solución a los problemas, se correría el riesgo de que el propio gobierno degenere en tiranía.

Finalmente, debemos recordar que la policía es una corporación cuyos miembros tienen el deber profesional de soportar el peligro; y que, para mantener el “Estado de Derecho”, la fuerza pública debe usarse como último recurso y después de buscar todas las alternativas posibles para prevenir el conflicto; y en caso de que no quede más remedio que usar la fuerza, hacerlo de manera racional, proporcionada y prudente, tratando de no causar daño o de causar el menor daño posible.

Palabra de Antígona Crimen de Estado

Por Sara Lovera

Por descabellado que parezca, el asesinato de Marisela Escobedo es un crimen de Estado. Marisela Escobedo, a quien muchas de nosotras conocíamos y admirábamos por cómo se había levantado del dolor para pelear, porque cómo entendió en muy poco tiempo el valor cívico de reclamar el derecho a ser como mujeres; ella que no se rendía, que estaría junto a las cruces pidiendo justicia para no dejar impune el asesinato de su hija e instaló un campamento, pasara lo que pasara.

Ella que nos dejó ahora, antes de que termine el 2010, el año más sanguinario que han vivido los y las juarenses; el año en que fueron asesinadas en Ciudad Juárez 367 mujeres, la misma cantidad por la que millones de mujeres se indignaron cuando en 1997 ya hablamos de feminicidio en Ciudad Juárez y se levantaron todas las voces.

Marisela no era una madre solamente. Era una mujer indignada y solidaria con todas las madres que en Ciudad Juárez perdieron a sus hijas en esa selva temeraria y fronteriza, donde no hay ley ni gobierno, ni tribunales capaces de responder por los asesinatos de jóvenes, la persecución de defensoras de derechos humanos, de maestros desaparecidos y ataques sistemáticos a la población.

Marisela Escobedo ha dejado a una niña de dos años, hija de Rubí Marisol Fraire, su querida hija. Por Marisela ya se pidió un minuto de silencio en el Congreso; una multitud de organizaciones nacionales e internacionales han solicitado que se investigue y se detenga al culpable, ese que vimos asestar a quemarropa un balazo a Marisela y que nadie puede encontrar todavía, a pesar de que el auto fue filmado y a pesar de que había muchas y muchos testigos.

El homicidio de Marisela, convertida en defensora de derechos humanos, nuevamente pone en el tapete de la discusión si el señor Felipe Calderón ha desatado una guerra, sin estrategia, sin inteligencia y ha demostrado que el aparato de justicia es inviable, en toda la República mexicana y en Ciudad Juárez, ya sabíamos hace más de cinco años que en el Congreso federal se diagnosticó que no existe coordinación entre las policías, ahora tampoco con el ejército; no hay voluntad política de quienes gobiernan; no existe interés en profesionalizar las investigaciones y en detener los crímenes anunciados.

Resulta que el gobierno de Chihuahua ahora dice que el principal sospechoso del asesinato de Marisela Contreras es, precisamente, Sergio Rafael Barraza Bocanegra, y claro, lo dice porque ha sido incapaz de localizarlo en dos años y detenerlo. Es el mismo Sergio Rafael que mató a la hija de Marisela dos años atrás.

En Ciudad Juárez, además, las luchadoras que están tras cada caso y cada dolor desde hace más de una década, sostienen que cuando su protesta se eleva, se cobran con la vida de una de ellas y los familiares. Lo de Marisela corresponde a esta hipótesis. Menos de 48 horas después incendiaron la casa de Marisela, cuando ella era velada y estuvo en peligro su pareja. ¿La policía no sabe qué pasa, no tiene pistas? ¡No hay investigación, todo mundo corre peligro!

Efectivamente, contra lo que dice el secretario de gobernación a la población, como si nada, con cinismo proverbial, que nos quitemos el miedo. Marisela se lo quitó, estaba protestando porque andaba suelto el asesino de su hija. Por eso la asesinaron, porque nadie la cuidaba, no había cerca del campamento policías o investigadores, no estaba el Estado, no estaba el gobierno, no había ley.

Ya sabemos, las mujeres del país piden, reclaman, se movilizaron inmediatamente, tanto en las redes sociales como en la calle, en el Distrito Federal y en otras ciudades del país, en Ciudad Juárez por supuesto, ahí en el ojo del huracán, donde peligran la vida de todas y todos los que salieron a la calle. A ver qué dice el Secretario de Gobernación ¿cree que tenemos miedo? No, no hay miedo, lo que hay es injusticia, impunidad y quienes debían hacer algo no lo hacen. El asesinato de Marisela Escobedo, la noche del 16 de diciembre, nos ha puesto con los pies en la tierra. Nada ni nadie puede hablar de fiestas y felicidades, porque no hay justicia ni democracia.

Algunas feministas piden que se promuevan demandas unificadas en la Comisión Permanente del Congreso. Es urgente, dice un correo pedir a diputados y senadores que pongan un alto a la corrupción, simulación y complicidad en estos asesinatos.
Es urgente pedir cuentas a la Fiscalía Especializada en los Delitos contra las Mujeres y la Trata (FEVINTRA).

Un paliativo, que no remediará la violencia, pero que puede manejarse como evidencia de que es el Estado es el responsable, exigimos que el Estado otorgue una pensión permanente para la hija de Rubí Marisol, nieta de Marisela.

Y algo que siempre no sirve para nada, pero que se podría simplemente insistir como la creación de una comisión independiente integrada por los familiares de las víctimas y personalidades de derechos humanos, que tome en sus manos este y otros casos.

Una demanda clarísima como la apertura de todos los expedientes donde hay implicados asesinos de mujeres. En el sueño, en este país, para las especialistas en violencia contra las mujeres sería un avance crear la comisión independiente con los recursos necesarios para contratar especialistas nacionales e internacionales y dar seguimiento e identificar las ligas de corrupción y colusión entre autoridades y feminicidas.

Por supuesto, la indignación tiene que ir más allá de la protesta. Por Marisela Escobedo los grupos de mujeres y derechos humanos levantarán su voz. Sin duda.

saralovera yahoo.com.mx