martes, 14 de agosto de 2012

PALABRA DE ANTÍGONA, Mujeres y fuero militar


Palabra de Antígona
Mujeres y Fuero Militar

Por Sara Lovera
Desde hace casi 20 años, tras el artero ataque sexual que vivieron tres indígenas tzeltales en Altamirano, Chiapas, en abril 2004,  se desempolvaron decenas de agravios militares contra civiles hombres y mujeres, que han ido a parar a los archivos del Ejército, argumentando que los crímenes del Ejército se juzgan ahí mismo, reafirmando la impunidad y burlando a las leyes sistemáticamente.
El 10 de agosto pasado, la Suprema Corte de Justicia ha dictaminado, sin discusión: "Nunca debe ser juzgado un militar por un tribunal militar cuando la víctima del delito sea un civil y se hayan violado sus derechos humanos en consecuencia de ese delito", señaló el  ministro Arturo Zaldívar. Se ha conseguido jurisprudencia a propósito de un coronel acusado de encubrir el homicidio de un joven morelense en 2011.
Lo mismo habría ocurrido con el caso de Rosendo Radilla, que hizo que Felipe Calderón enviara una iniciativa, una de varias que se archivaron en el Congreso de la Unión, para derogar el fuero militar, un mecanismo siniestro que ha impedido hacer justicia, en decenas de casos, desde la época de la guerra sucia en México.
Y nada parecía suceder. Ha tenido que ser la Corte, en segunda ocasión, la que ponga un freno a esta situación.
Apenas ayer el general retirado José Francisco Gallardo -perseguido hace años por querer introducir en el Ejército el respeto a los derechos humanos- explicó en un programa de televisión que todavía no se tramite, que la actual administración castrense, a cargo de Guillermo Galván, ha "perdonado" al menos a mil militares que han incurrido en crímenes contra civiles, como si viviéramos en un régimen militar y no civil. Eso, al menos constituye una alerta fenomenal que parece no ser acotada por la reciente definición de la Suprema Corte y nos coloca de cara a algo mucho peor.
La justificación para juzgar a militares por militares y el tema del perdón es inadmisible. Se ubica en un ordenamiento de la Ley de Servidores Públicos, explicó el general que otorga "discrecionalidad" al secretario de la Defensa, para aplicar la sanción o "perdonar", es decir una ley exclusiva que ha permitido a los militares cometer fechorías, sin ser sancionados.
Estamos como puede verse a la mitad del camino. ¿Para qué servirá el mandato de la Corte? si no se han movido un ápice las leyes que permiten a los militares cometer toda clase de arbitrariedades en el ejercicio de sus funciones y las que no lo son, como esas de actuar como policías?
Ahora, dice la Corte, los militares con uniforme o no, en funciones o no, que cometan ilícitos deben ser juzgados por los mecanismos civiles. ¿Y el pasado?
Me pregunto si la ley será aplicada para más de 20 amparos que tienen las autoridades por estos abusos; si será posible reabrir el caso de las indígenas tzeltales en Chiapas o de las indígenas loxichas en Oaxaca, si ello abarcará las denuncias recientes, recopiladas por la periodista Soledad Jarquín, sólo en Oaxaca; si cesará la demanda reiterada de Valentina Rosendo e Inés Fernández, de Guerrero, a quienes no se les ha cubierto la reparación del daño, hace casi una década, desde que fueron atacadas por militares en su propia casa.

¿Debemos tener esperanza? Si los casos están documentados y las demanda han llegado, para nuestra vergüenza hasta la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y el propio tribunal del mismo carácter. Es como dar vueltas a la noria, sin conocer cuando habrá justicia.
La Corte es clarísima: el tribunal máximo resolvió que si los militares no están uniformados, pero están en activo, deberán ser considerados como miembros del Ejército y sancionados según las funciones que realicen y los delitos o faltas cometidas.
La resolución fue adoptada tras el análisis de una impugnación interpuesta por civiles contra del coronel de infantería José Guadalupe Arias Agredano, acusado de encubrir el homicidio del joven Jethro Ramsés Sánchez por parte de un grupo soldados en la ciudad de Cuernavaca, Morelos, en mayo de 2011.
Ello es tan claro como la letra del artículo 13 de la Constitución, que establece que el fuero de guerra, debe ser interpretado de manera restrictiva, de tal modo que "los delitos cometidos por militares contra civiles nunca sean juzgados por los tribunales castrenses". Existen cuando menos seis amparos  relativos a ejecuciones extrajudiciales de civiles presuntamente ordenadas por un coronel y un teniente en el mismo estado entre 2009 y 2010.
Los ministros también analizarán el caso de Otilio Cantú, un joven que fue asesinado por militares comisionados a la policía estatal de Nuevo León, en abril de 2011.
La sentencia establece que en casos de violaciones a derechos humanos de civiles por integrantes del Ejército no debe operar la jurisdicción militar. “En mi opinión se trata de un delito cometido por un militar que viola derechos humanos de civiles. La víctima del delito es un civil y, consecuentemente, la jurisdicción es de un juez ordinario”, sostuvo.
Hoy, la  Corte aún deberá resolver otro conflicto de competencias y 28 amparos sobre el fuero militar, de los que se desprenderán criterios obligatorios para los tribunales del país, en cumplimiento de la resolución de la CIDH en el caso Radilla, que ordenó acotar el fuero militar en casos de violaciones a derechos humanos.
Habría que recordar otras líneas, de Soledad Jarquín, de apenas hace un mes cuando señala que "la sociedad mexicana no debería permitirlo y sí condenar en todo sentido la violencia contra las mujeres, más aún cuando en este tipo de actos delictivos están involucrados policías o militares" y añade "en muchos casos las mujeres y las niñas son objeto de violencia sexual que ha sido utilizada como una forma de tortura. Un acto inconfesable que nos habla y hasta mide de la calidad moral y de la tolerancia ciudadana".
El recuento es largo, en julio de 2006 el país conoció de la violación sexual cometida en contra de 14 mujeres, eran tiempos electorales y los perpetradores de tales actos eran elementos del 14 Regimiento Motorizado del ejército mexicano que estaban en Monclova, Coahuila, para cuidar la paquetería electoral. En ese crimen participaron, al menos, 12 militares. Y sólo cuatro fueron condenados, hoy tres de ellos purgan alguna condena. Esta pendiente el proceso contra otro que se dio a la fuga.
Se pierden en la memoria los casos de víctimas en las zonas indígenas de Chiapas, no sólo las tres jóvenes Tzeltales, hay una civil, cuyo caso se cerró. Lo de las Tzeltales está pendiente en la CIDH, y en Oaxaca, también nos recuerda la periodista Jarquín, ni siquiera hubo denuncia, las indígenas zapotecas del pueblo Loxicha fueron amenazadas y advertidas de que si les caían en mentiras u omisión, ellas mismas serían las acusadas. Nadie ha movido un dedo para que los dos detenidos, tras cinco años de la desaparición forzada de las hermanas Daniela y Virginia Ortiz Ramírez, digan dónde están.
Jarquín señala sin ambages que a partir de 2006, se han documentado otros casos de violencia en la que están involucrados policías o militares en Veracruz y en Michoacán, pero también existen reportes de hechos similares en Baja California, Chihuahua y Estado de México, el último puesto sobre la mesa de nueva cuenta como resultado de la contienda electoral: Atenco donde policías cometieron abuso sexual contra 26 mujeres, bueno ese es el número de las que denunciaron, y hasta ahora nadie ha sido castigado, mal precedente para las mexicanas como auguran las feministas.
Y los reportes son innumerables, el país entero lo vive sin chistar.
Se trata de una injusticia vergonzosa, de alcances insoportables. Salen y salen resolutivos internacionales sin que nadie se altere. Ahora mismo la noticia de la Suprema Corte pasó inadvertida. Mientras se sigue esperando un indicio de justicia.
Lo más grave es que el atropello continúa. Apenas el 13 de julio pasado, volvimos a ver cómo ex policías participaron en la violación de cinco jovencitas en un paraje de Huixquilucan, Estado de México.
Los casos de violencia y homicidio de mujeres  se comentan en las redes sociales, como un mal que se soporta. En la última semana se han colocado denuncias diversas, asesinatos y desapariciones de mujeres, en algunos de ellos están implicados militares.
Tengo que recordar aquí un recuento minucioso que también Soledad Jarquín hizo en 2008, entonces la cuenta era tremenda. Yo misma escribí el 25 de septiembre de ese año que en México se han podido documentar atropellos sexuales, violaciones, abusos y asesinatos al menos a 80 mujeres a manos de militares entre 1956 y 2008, según el texto de Jarquín leído en una reunión celebrada en San Diego, California, EEUU.
En todos estos casos no fueron juzgados ni castigados los militares, excepto en los tres mencionados por el caso de Castaños, Coahuila, que la periodista, premio nacional, documentó en campo y durante las audiencias.
Yo entonces reflexionaba sobre este informe lacerante, que era evidente que la política del Gobierno mexicano al enviar militares a poblaciones civiles con diversos pretextos favorece la impunidad  de que gozan miembros del Ejército Mexicano a la hora de realizar acciones, ya sea en combate a la delincuencia organizada o en tareas de persecución y represión, pues cometen violaciones sexuales a las mujeres y el cuerpo femenino se convierte en un botín de guerra.  La cuenta ha ido creciendo.
Mientras   la legislación mexicana aplica medidas de excepción, cuando los militares cometen delitos comunes, prohibidos por la Constitución y considerados de origen civil, por lo que todos los casos los juzga el propio ejército.
Y pese a la prohibición que impide a los militares ser juzgados en forma extraordinaria y los acuerdos internacionales que los Estados Unidos Mexicanos han signado, hay una larga lista de agravios a mujeres, las cuales van desde violencia sexual hasta el asesinato.
DENUNCIAS, PERO NO RESPUESTAS

En los hechos ocurridos en distintas épocas en Oaxaca con las comunidades Triquis, hubo denuncias pero no respuestas, y las sufridas por las zapotecas de Loxicha, no originó ninguna denuncia.
Como si el tiempo estuviera congelado, en aquellos días de 2008 , se planteaba que  el grave problema de México, es que “tenemos a un ejército patrullando las calles en una postura que no es totalmente apegada a derecho, según  el Artículo 129 de la ley suprema mexicana y, por el otro lado, las mujeres agredidas –-como los hombres-- se están enfrentado a otras “excepciones” que dan impunidad a los integrantes de las fuerzas armadas mexicanas.
Por ejemplo, en Chiapas, hace 18 años tres mujeres indígenas fueron violadas por un grupo de militares apostados en Altamirano, un pueblo que da entrada a la zona de Las Cañadas, donde operaba el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Este caso, profusamente documentado, con denuncia y seguimiento jurídico, llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Sin embargo, hasta ahora  no hay un solo soldado detenido.
Sobre la comunidad Triqui, también Soledad recordaba que  parafraseando a un grupo de luchadores sociales de la región Triqui se  asumía que: “El papel que el Ejército ha tenido, es el de asesinar, violar a las mujeres, quemar sus casas y robar, con el pretexto de hacernos aparecer como “gavilleros”, “robavacas” y “delincuentes”.
Lo cierto es que hace 67, 18 o dos años, las mujeres son víctimas del abuso histórico y genérico, pero la violación es síntesis de la sexualidad dominante en una cultura que expropia, se apodera y conculca a todas las mujeres su cuerpo y sexualidad erótica y procreadora. La violación es el hito de la cotidianeidad de la mujer –-“cuerpo-para-otros”--, podemos decir  citando a las especialistas.
Es así como el cuerpo de las mujeres es considerado “botín de guerra”, porque en el patriarcado es un objeto. Entonces se ejerce sobre ellas la violación como una forma de venganza contra el enemigo, se les menoscaba y se les humilla.
Hoy no hay más que decir. Lo que se tiene que generar es una conciencia cívica, buscar que las mujeres actúen de manera colectiva, de esta manera la resistencia del Estado para aceptar su responsabilidad sería más difícil. Y es tiempo, considerando los argumentos de la Suprema Corte, que la nueva legislatura finalmente se pronuncie y derogue el Código del Fuero Militar, que Manlio Fabio Beltrones detuvo en 2010 en el Senado y los diputados archivaron desde 2005, al menos tres iniciativas de las diputadas. Quehacer hay, hay que ponerse a trabajar, sin duda.
saraloveralopez@gmail.com

lunes, 13 de agosto de 2012

Mujeres y política


Mujeres y política
Legislativo avanza, ejecutivo retrocede

Soledad JARQUÍN EDGAR
Como anunciamos la semana pasada se aprobó el delito de feminicidio en Oaxaca, ahora hay que detener a los feminicidas para terminar con la impunidad, el manto negro que cubre a los victimarios y descubre las muchas fallas del sistema; además de reflejar el sitio que se designa a la vida de las mujeres y la justicia hacia ellas en la escala de valores de un estado que sigue siendo patriarcal.
Algo avanza y tras un año en la congeladora y “arduo” trabajo legislativo, finalmente se aprobó la iniciativa, el feminicidio ya es un delito, pero ¿qué cosa es el feminicidio?
De acuerdo con la antropóloga Marcela Lagarde y de los Ríos, quien introduce el término en México, se denomina feminicidio “al conjunto de hechos violentos misóginos contra las mujeres, que implican la violencia de los derechos humanos, atentan contra la seguridad y ponen en riesgo su vida. Culmina en la muerte de algunas mujeres. Se consuma porque las autoridades omisas, negligentes o coludidas con agresores ejercen sobre las mujeres violencia institucional al obstaculizar su acceso a la justicia y con ello contribuyen a la impunidad.
“El feminicidio conlleva la ruptura del Estado de derecho ya que el Estado es incapaz de garantizar la vida de las mujeres, de actuar con legalidad y hacerla respetar, de procurar justicia, prevenir y erradicar la violencia que la ocasiona. El feminicidio es un crimen de Estado”.
Así que en tanto el Legislativo avanza con el marco legal, en el Ejecutivo retroceden “años luz”, con acciones que en apariencia no tienen importancia, pero que nos muestran la “normalización” de la violencia conormal">mujer y deja ver con claridad cómo en e Cambria; mso-bidi-font-family: Tahoma;">El boletín institucional titulado: Violador de sus hijas por 14 años; denuncia pudo haber cambiado la historia: PGJE. Luego una cita: “El atroz relato de una de las víctimas es un llamado a la conciencia para denunciar, delitos de esta índole pudieran evitarse con una sola denuncia a la autoridad” ¿De quién creen que es la cita? Por increíble que parezca, a menos que, quien elaboró el boletín se haya equivocado, la cita es nada ni nada menos que (fanfarreas por favor) de la subprocuradora de Delitos contra la Mujer por Razón de Género, Ileana Hernández Gómez. ¡Otra vez!
A mi y a muchas personas nos quedó claro: la institucionalización burocratiza, vuelve a las personas aburridas y muy peligrosas. No dicen que la ociosidad es la madre de todas las calamidades. Los muchos años que lleva al frente de la institución, en sus distintas versiones y periodos de gobierno (Murat-Ulises-Gabino), no han sro además se revictimiza a las mujeres, además de culpabilizarlas indirectamente por no actuar de “manera correcta” para terminar con la violencia erótica que una tercera persona ocasionaba sobre ellas.
El boletín institucional titulado: Violador de sus hijas por 14 años; denuncia pudo haber cambiado la historia: PGJE. Luego una cita: “El atroz relato de una de las víctimas es un llamado a la conciencia para denunciar, delitos de esta índole pudieran evitarse con una sola denuncia a la autoridad” ¿De quién creen que es la cita? Por increíble que parezca, a menos que, quien elaboró el boletín se haya equivocado, la cita es nada ni nada menos que (fanfarreas por favor) de la subprocuradora de Delitos contra la Mujer por Razón de Género, Ileana Hernández Gómez. ¡Otra vez!
A mi y a muchas personas nos quedó claro: la institucionalización burocratiza, vuelve a las personas aburridas y muy peligrosas. No dicen que la ociosidad es la madre de todas las calamidades. Los muchos años que lleva al frente de la institución, en sus distintas versiones y periodos de gobierno (Murat-Ulises-Gabino), no han servido de mucho a la titular de esa dependencia para entender los efectos que la violencia de género provoca en las víctimas y su afirmación, antes que nada, revictimiza a la “ofendida 1”, “ofendida 2” y “ofendida 3” como les llaman en el, quien con sus dichos las culpabiliza y, por otro lado, muestra lo que afirmo arriba: no entiende nada de nada.
La violencia sexual o violencia erótica es una de las marcas de opresión de la violencia de género contra las mujeres y es, de acuerdo Marcela Lagarde, uno de los muchos cautiverios de las mujeres “privadas de la autonomía vital, de la independencia para vivir, del gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escogpuede perdurar muchos adecidir sobre loa en que las mujeres hemos sido educadas, porque lo primero que tendrán que enfrentar y resolver es que ellas nunca tuvieron la culpa, pero serán señaladas como responsables de lo que les ha ocurrido. No es simple entender.
En conclusión habrá que decirle a la subprocuradora Hernández Gómez –por segunda ocasión- que no es culpa de las victimas el no haber denunciado tras el primero ni el segundo,ahoma;">Esta simple afirmación de que la historia pudo cambiar si las victimas se hubieran atrevido a romper el silencio antes, nos habla de la falta de sensibilidad frente a un hecho de esta naturaleza por parte de la Subprocuradora Hernández Gómez, quien con sus dichos las culpabiliza y, por otro lado, muestra lo que afirmo arriba: no entiende nada de nada.
La violencia sexual o violencia erótica es una de las marcas de opresión de la violencia de género contra las mujeres y es, de acuerdo Marcela Lagarde, uno de los muchos cautiverios de las mujeres “privadas de la autonomía vital, de la independencia para vivir, del gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escoger y de la capacidad de decidir sobre los hechos fundamentales de sus vidas y del mundo”.
No pueden, se paralizan, están cautivas simbólicamente al sufrir la violencia erótica que es “la síntesis política de la opresión de las mujeres. Porque implica la violencia, el erotismo, la apropiación y el daño”, añade la autora de Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (UNAM 2003). Se les cosifica, dejan de ser sujetos con derechos para convertirse en objetos y “es el hecho supremo de la cultura patriarcal…uso de la mujer como objeto del placer y la destrucción”.
“…es la síntesis de la sexualidad dominante de una cultura que expropia, se apodera y conculca a las mujeres su cuerpo y su sexualidad…” El violador humilla y desvaloriza a la mujer, amenaza para evitar la denuncia, ella internaliza el miedo, “la violación deja una huella indeleble en el cuerpo y en la subjetividad de la mujer”.
Entonces, no se denuncia por miedo y el miedo derechos humanos de un niño cuando frente a un  hecho criminal se da su nombre completo ¿hará algo la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca? ¿Por lo menos anotarán ese tipo de violaciones en algún cuaderno como hacían antes? ¿El IMO qué acción emprenderá frente a este tipo de comunicación oficial que violenta los derechos de las mujeres y que muestra la falta de conocimiento de la funcionaria sobre el tema que maneja? ¿Eso que se llama comunicación social del gobierno del estado o de Gabino Cué se enteraría de lo que pasó? ni el décimo ataque. Que si una de ellas decidió denunciar a su victimario tras muchos años fue porque tal vez hasta entonces encontró el camino para hacerlo, porque rompió el miedo y ese es su mérito, considerando el contexto en el que se encuentra, sus condiciones sociales, económicas y las políticas públicas de procuración de justicia sin caminos de prevención, de eliminación y de erradicación de la violencia contra las mujeres.
Me parece inaudito el relato que contiene el boletín fechado el 9 de agosto pasado; me resulta increíble que una persona como la Subprocuradora Hernández Gómez no muestre ninguna sensibilidad y que desde la procuraduría se violenten los derechos humanos de un niño cuando frente a un  hecho criminal se da su nombre completo ¿hará algo la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca? ¿Por lo menos anotarán ese tipo de violaciones en algún cuaderno como hacían antes? ¿El IMO qué acción emprenderá frente a este tipo de comunicación oficial que violenta los derechos de las mujeres y que muestra la falta de conocimiento de la funcionaria sobre el tema que maneja? ¿Eso que se llama comunicación social del gobierno del estado o de Gabino Cué se enteraría de lo que pasó?
Cómo dejan a las “ofendidas 1,2 y 3” de quien no se da a conocer su nombre pero sí el lugar donde sucedieron los hechos, el nombre del victimario que es padre de las tres mujeres y con eso es suficiente para que todo el mundo sepa qué sucedió con ellas y se les señale dentro de su comunidad, porque habrá que decirlo, todavía falta la condena social.
No hay duda, el boletín de la PGJE es una clase práctica de lo que NO debe ser un boletín de prensa en el “año de la no violencia hacia las mujeres” que insisto, pomposamente, anunció el gobernador Gabino Cué, aunque que no se tengan intenciones, programas ni campañas para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, porque lo que se ve no se juzga.
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