martes, 26 de octubre de 2010

Crece la Indignación


Por Sara Lovera

Catorce muertos. Seis mujeres y ocho hombres. Entre las mujeres una embarazada, otra de 16 años y la dueña de la casa, de 30 años de edad, que dejó huérfanos a seis niños y niñas. La suma de la barbarie que sucede en Ciudad Juárez, Chihuahua, es como un torrente incontenible que suelen explicar los análisis como falta de gobernabilidad, incapacidad de Felipe Calderón y autoritarismo de Estado.

Lo cierto es que el vecino de Los Pinos no cesa de mantener una estrategia mediática que no ayuda, sino entorpece y profundiza la violencia en México.

La masacre del sábado 23 de octubre, sucedida en una fiesta en una colonia de Juárez, cuando lo que privaba era la alegría, se suma a otras seis masacres semejantes en la dolida ciudad fronteriza y parece irremediable la situación de violencia en espiral, imparable y sangrienta.

Lo supimos todas y todos. El anuncio fue a propósito de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez e identificadas por Esther Cano, allá por 1993. Ingobernabilidad, impunidad, incapacidad de los tres niveles de gobierno, crecimiento colateral de autoritarismo y persecución a dirigentes y a quienes defienden los derechos humanos.

El de México es un retrato que está en el escaparate mundial. Un mapa diagnosticado. Una pintura de relieve. Una película afligida y un panorama lamentable. Eso es México, desde ciudad Juárez hasta Oaxaca, donde hace unos días hubo nuevos atentados y víctimas en la región Triqui; solamente el domingo la prensa informo de 45 homicidios en ocho entidades del país ocurridos el sábado 23.

Como dicen los analistas: la estrategia desatada por Felipe Calderón no ha dejado sino un reguero de sangre y estulticia en todo el país. Este tipo de masacres, contra los jóvenes, como la del sábado 23, no respeta ya ningún espacio; fueron atacados quienes buscan reinsertarse en la sociedad, como los que perdieron la vida en la Clínica Integral de Rehabilitación el 16 de junio, o aquéllas personas que el 1 de febrero estaban en un bar en la ciudad de Torreón, Coahuila, o quienes no pueden vivir sin temor en Veracruz Puerto o Culiacán, Sinaloa.

La noche del sábado en la colonia Horizontes del Sur había fiesta de adolescentes, celebraban los 15 años del hijo mayor de la familia. Fueron interrumpidos por encapuchados, con rifles de asalto, como eso que en su nuevo libro el diputado petista, Porfirio Muñoz Ledo dice “un proceso de afganización de México, donde no hay gobierno, ni solución. Él, por su abultada trayectoria, lo sabe y lo teme.

En medio de tal horror, muchas mujeres, 50 mil huérfanos en cuatro años, dicen las autoridades; no se sabe el número de viudas, de madres y padres desolados. Eso no importa y en cambio no cesa la propaganda mediática de Felipe Calderón, quien ya una vez, en una masacre semejante el 31 de enero de este año, ahí en Ciudad Juárez, apuró su juicio: “pleito entre pandillas”, lo que describe cabalmente su sórdida forma de pensar, su tozudez, su irresponsabilidad, su villanía. Llega hasta ahí.

La noche del sábado, Martina Arteaga, como millones de madres estaba contenta, su hijo mayor y sus amigos y amigas se divertían. La madre tenía 30 años y dejó seis hijos menores en la orfandad; otras tres mujeres fueron asesinadas: una embarazada y una joven de 16 años entre ellas, así como dos niños de siete y 11 años que resultaron heridos. Igual que otros estudiantes de secundaria y preparatoria, entre 20 lesionados.

Cuando el relato es puntual, como el del periodista Rubén Villalpando, de La Jornada, quien miró a las 9:30 de la mañana del sábado todo a su alrededor y habla de olor a muerte, miedo e impotencia, ve en las paredes a lo lejos sangre, lo que hace que no le quede a una más remedio, la indignación y preguntarse ¿qué pasa?

En el año 2005, cuando se hizo una cuenta precisa de las mujeres asesinadas en ciudad Juárez, se exploró también al país, se concluyó que una de las vertientes de la violencia contra las mujeres era el creciente campo de batalla de narcotraficantes, sicarios, policías y militares, entonces se diagnosticó que ahí, en Ciudad Juárez, se había roto el tejido social y la autoridad evadía, engañaba, mutilaba los expedientes, escondía y trataba de manipular, negando el feminicidio.

Pero nada ha detenido la espiral macabra. En esa zona fronteriza salieron los militares y el famoso programa Todos somos Juárez, no es otra cosa que simulación. Este programa, puso en operación la acción de más de tres mil policías federales, implica inversiones, mucho dinero, dicen, pero el resultado es el terror y la impunidad.

Desde 1993, nada sabemos de las investigaciones por los asesinatos de mujeres y tampoco sabemos de las masacres donde mueren jóvenes.

Para Muñoz Ledo, el problema es que se internacionalice la situación, que los Estados Unidos decidan enviar a su ejército, que el país pierda lo que le queda de soberanía. ¿Será eso lo que busca Felipe Calderón? ¿Qué hay detrás? ¿Solamente mala y corrupta policía o mucho, mucho dinero para qué? No parece haber respuestas lógicas tomando en cuenta que según datos rastreados por un periodista que no dice la fuente, en las siete masacres en Ciudad Juárez, desde 2009 a la fecha, el 80 por ciento de las víctimas asesinadas eran hombres y mujeres menores de 18 años.

Esta última cifra me hace temblar. ¿Estamos frente a una limpieza generacional? ¿Será que los expertos del CICEN y el Pentágono piensan frenar así la migración de mexicanos a Estados Unidos? ¿Será una nueva estrategia demográfica como cuando en el sexenio de José López Portillo se esterilizó a dos millones de mujeres?

Ya no podemos quedar en la parálisis, con supuestas sesudas y diatribas generalizadas, muchas voces dijeron y repitieron, la tarde y noche del sábado 23, que Felipe Calderón debe cambiar de estrategia; que es claro su fracaso. Pero Felipe Calderón no ve ni oye, es como un muñeco de ventrílocuo, no se sabe para quién trabaja, con quién acuerda ni qué acuerda y cuáles son sus compromisos. ¿Él gobierna? ¿Quién lo intenta para conseguir este miedo y este horror?

Pensando en las víctimas, las viudas, los huérfanos y huérfanas, el dolor y la indignación, dice el académico de la UNAM, René Jiménez Órnelas, que “la única alternativa ante la ineficiencia gubernamental es que la ciudadanía comience a actuar. Si no lo hace, seguiremos siendo víctimas y los partidos políticos no lo van a resolver”.

Las mujeres somos la mitad de esa ciudadanía. Debíamos actuar.

viernes, 22 de octubre de 2010

Pasado y futuro


Con sororidad a las que son y a las que aspiran ser…

Por Soledad JARQUÍN EDGAR

La conmemoración del 57 aniversario de la reforma al artículo 34 de la Carta Magna mediante la cual las mujeres obtuvimos el derecho a votar y a ser votadas, exige reflexiones. Hoy tenemos nuevos retos, uno se ha dicho es alcanzar la paridad, otro y mejor sería que esa representación popular, paritaria o como es ahora, consolidar las demandas, viejas demandas de las mujeres, que se hagan realidad, que permitan vivir en un país sin inequidades y sin desigualdades. No es una utopía, se puede.

Al menos en teoría, se piensa y se dice que ya nadie discute si los derechos ciudadanos y políticos de las mujeres son o no justos, sin embargo, la cotidianidad nos habla de una situación distinta a la que nuestras leyes federales, estatales o reglamentaciones municipales dictan o señalan sobre la igualdad entre las mexicanas y los mexicanos. Casi todas sabemos que no es así. La representación proporcional de mujeres en la política o cargos de decisión es infinitamente menor no sólo a las ciudadanas con derecho a votar y ser votadas, desde concejalas, presidentas municipales, legisladoras estatales o federales y menos aún como gobernadoras, incluso a 200 años en esta nación ha sido remota la posibilidad de que una mujer ocupe la presidencia de la República.

La realidad ha sido cuantificada: la infra representación de las mujeres en la vida política del país por ejemplo en los gobiernos municipales no supera el 4 por ciento de alcaldías encabezadas por mujeres; en contraste el número de electoras es superior a los electores en 3.5 puntos porcentuales y sobra decir que población femenina mexicana es superior a los hombres.

Frente a esta insuficiente representación en la vida política de México, tras los primeros 57 años de la “ciudadanía plena” de las mexicanas, resulta claro que no hay equidad. Hay muchas sin razones, uno de ellos es que el espacio político ha sido satanizado para las mujeres a través de campañas que infunden miedo con acciones que hacen pensar que todas serán malas políticas y dan ejemplos, muchos ejemplos.

La lupa con que se mira a las mujeres tiene gran aumento no así en la que se ve lo que hacen y dejan hacer los varones de la política, como señala la antropóloga feminista Marta Lamas; sin bases reales se afirma que todas ambicionan el poder para enriquecerse ¿acaso no sucede lo mismo con muchos, muchos hombres? Se descalifica su capacidad para ejercer el poder y yo pregunto ¿de verdad creen los varones que gobiernan que lo han hecho bien y que la pobreza y la violencia que ahogan al país son resultado de efectos extraños y no del equívoco, la ambición, la corrupción…? y, peor aún, utilizan mecanismos para propagar que no debemos gobernar, una de ellas y muy conocida en el medio político es la que dice que las mujeres son las peores enemigas de las mujeres. Otra mentira que no me deja ver con claridad nada y, sí en cambio, opaca los resultados que hacia las mujeres han tenido los varones y que hoy nos mantiene en un estado de desigualdad terrible cuando se hace visible.

Todas estas aseveraciones como si las mujeres hubiéramos sido construidas en un planeta distinto, como si por el hecho de ser mujeres tendríamos o estaríamos obligadas a ser de otra manera, pero hombres y mujeres crecimos y nos educamos en el mismo espacio, somos producto biológico que procede del mismo lugar y la diferencia está en nuestros genitales, sólo ahí; por tanto pueden también equivocarse, de la misma forma que desde hace varias centurias lo hacen los hombres, porque lo aprendimos, lo cual no justifica ni a unos ni a otras.

Este miedo que se infunde sobre si las mujeres pueden o no ejercer el gobierno (sea legislativo, judicial o ejecutivo) tiene mar de fondo, se llama hegemonía patriarcal, que imposibilita que estas instituciones den esa posibilidad a las mujeres para ejercer el llamado poder político, la representación popular.

A pesar de nuestra realidad, esa que es fácil de ver a través de la desigualdad que nos muestran las cifras, muchas personas aseguran que las mujeres no requieren seguir en esa lucha que todo está resuelto, pretenden tapar el sol con un dedo. Las cifras –insisto- nos revelan lo contrario.

Alcanzar la ciudadanía plena para las mujeres implica abarcar un trecho más amplio, es ir más allá del ámbito político y público, es decir, donde se toman las decisiones. Demanda observar el cumplimiento de los otros derechos; los derechos que se ejercen dentro del ámbito que para muchos es privado, pero por sus repercusiones sin duda tienen una implicación del Estado mexicano: me refiero a la falta de seguridad y la permanente violencia que sigue costando vidas y contando historias de violencia extrema, difíciles de entender cometidas contra las mujeres; así como su derecho a decidir y no a confiscar ese derecho como si eso fuera posible.

Nadie puede negar que hoy mismo se siga discutiendo el derecho de las mujeres a abortar en condiciones de seguridad, sin arriesgar sus vidas y se condiciona la decisión personal a la voluntad política y los cónclaves que existen entre esa componenda llamada derecha-izquierda, la que forman derecha-centro-izquierda, la verdadera derecha y clero mexicano.

Hoy muchas mujeres siguen padeciendo violencia, esa agresión que impone el machismo y que lleva a cometer actos de tortura contra ellas, porque la violencia cobra carta de naturalidad en esa otra idea equivocada que plantea que ellas deben estar subordinadas a ellos y que los varones son superiores a las mujeres, como si fuera un designio divino.

Lo cierto es que en la vida de las personas no hay designios divinos ni destinos impuestos, si así fuera estaríamos en el Paraíso como los personajes bíblicos. Nuestro mundo es construido puede modificarse, transformarse. Se requiere cambiar la composición social, la relación entre mujeres y hombres hacia una más igualitaria y para ello es necesario que más mujeres ocupen sitios dentro de la administración pública y en los puestos de elección popular, la condición claro está es que estén convencidas de que esa condición social desigual cambie; que tengan claro que la violencia no es natural; que sean capaces de impulsar reformas que castiguen la violencia feminicida y que favorezcan el ejercicio pleno de los derechos humanos de más de la mitad de quienes habitamos el mundo.

Pero no sólo en aquellos que tienen que ver con las mujeres de manera directa como los institutos, las regidurías de género o las procuradurías especializadas, programas especiales que se crean… no estas mujeres conscientes de la necesaria igualdad, mujeres con conciencia feminista y no mujeril, deben estar en todos los ámbitos de gobierno.

Es increíble que hoy, en el siglo XXI se estén haciendo las normatividades en los estados para que las mujeres puedan interrumpir un embarazo, abortar pues, cuando la gestación es producto de una violación ¿A qué clase de justicia hemos estado sometidas las mujeres? ¿Qué esperan las y los legisladores para castigar en serio la violencia feminicida, esa que todos los días leemos en la prensa amarillista de nuestras localidades? ¿Cómo hacer entender a los gobernantes que una mayoría de mujeres están en desigualdad de condiciones por el hecho de ser mujeres? ¿Cómo decirles que esa desigualdad provoca asesinatos y muertes por toda clase de enfermedades prevenibles? ¿Cómo hacer para que se enteren que se gastan miles de millones de pesos como resultado de la violencia y que puede evitarse? ¿Qué sepan que se hace necesario reconocer las aportaciones que las mujeres realizan en todos los ámbitos? En suma ¿Qué se enteren que las mujeres existen, que son sujetos y no objetos?

Es muy fuerte lo que pasa y seguirá pasando si ellas –las convencidas de que es necesario cambiar la condición social de todas las mujeres y con ello transformar a la sociedad- no llegan a ocupar un sitio en el poder político y público. Es difícil pero se puede hacer. Siempre y cuando en el mundo patriarcal en el que vivimos, el de los dirigentes partidistas, legisladores, gobernadores, presidentes municipales y toda clase de tomadores de decisiones, aflore el machismo y la misoginia que impide esa posibilidad.

De lo contrario, ningún cambio político tendrá efectos positivos nunca, serán más de lo mismo, es decir, seguiremos viviendo en una sociedad violenta y seguiremos reproduciendo pobreza ¿acaso no son estos dos de los grandes problemas del país?

Han pasado 57 años desde que las mujeres –por decreto- podemos votar y ser electas, las mujeres cambiamos, estamos en todos los ámbitos de la vida, con muchas dificultades pero ahí estamos; no pocas siguen rezagadas, sin voz ni voto y mientras eso exista ningún gobierno podrá decir que ha avanzado en sus políticas de género. Las mujeres ya cambiamos, ¿por qué los hombres no?

jarquinedgar@gmail.com