domingo, 8 de agosto de 2010

La vida de una reportera


Por Sara Lovera

Verónica Alfonso es una reportera veracruzana que vive en Quintana Roo. Trabaja en Playa del Carmen. Estuvo en México con motivo de la marcha del gremio periodístico del pasado 7 de agosto. Debe tener menos de 40 años; hace más de 10 años tuvo que salir de Veracruz por amenazas, persecución y un secuestro no investigado. Sufrió abuso sexual y violación.

Sonríe. Tiene la fe necesaria para continuar y es la promoverte de la justicia y la libertad de expresión de sus compañeros y compañeras de profesión. Piensa que es necesario mantener la libertad de informar contra viento y marea. Es una tejedora de solidaridades.

Fue durante mucho tiempo corresponsal de televisión Azteca; cuenta cómo en los estados de la República los medios del Distrito Federal aprovechan las informaciones, les publican y reconocen sus capacidades, pero no tienen salario fijo, tienen que poner, como las costureras del Distrito Federal, los instrumentos necesarios para filmar, reportear, transportarse e investigar, por cuenta propia.

Fue acreedora de un premio por la mejor forma de reportear. Se llamó Pantalla de Cristal en 2007 y se reconoció con ella a Fátima Vázquez y María Noel Gómez por Especial Huracán Dean, se le otorgó también a la Productora TV Azteca (Quintana Roo) y se le reconoció algo muy importante en periodismo: hacer una cobertura puntual y profesional de un huracán, lo que puede salvar vidas.

Hasta hace muy poco tiempo un o una corresponsal era pagada por nota. Con tan terrible emolumento que da vergüenza decir de qué tamaño, me dijo. Sin recursos, ahora se suma la inexistencia de protección del medio, cuando se sabe que ir a cubrir una nota cualquiera, en alguna ciudad determinada o en la que se vive, puede significar arriesgar la vida y la integridad.

Como ella, cientos de colegas en la República Mexicana se exponen a diario. Por eso vino a la marcha, que sin membrete y sin asociación alguna, fue llamada desde la cadena de conocidas y conocidos en el país; por eso levantó un cartel que escribió apresuradamente para pedir libertad de informar sin ser atacado. Nada la detiene.

Integrante de la Asociación de Periodistas de la Riviera Maya demandó al presidente Felipe Calderón, al gobernador Félix González Canto, al Congreso y a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, investigar a fondo el asesinato del periodista Alfredo Velázquez, acribillado en diciembre de 2009 por dos desconocidos en Tulum, Quintana Roo.

La protesta fue acompañada de las firmas de 30 reporteros, editores, fotógrafos, locutores, camarógrafos y corresponsales que laboran en Tulum, quienes exigieron frenar una “campaña de desprestigio personal” contra el periodista acribillado, que surgió en círculos políticos y policíacos locales. Eso la lleva a una simple reflexión: sí hay periodistas involucrados en el crimen, también tendrían que investigar a las autoridades y castigar en el supuesto de un estado de Derecho. Lo contrario es mantener la espiral de homicidios sin investigar y sin justicia. El documento fue dirigido también a la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Verónica Alfonso me contó que las y los comunicadores demandaron “garantías, no solo de palabra sino reales, para cumplir con la información sin temor a ser esclavos del poder que amenacen nuestras vidas”. Por eso vino a la marcha, donde encontró la urgencia de incluir en la lista de asesinados a su compañero Alfredo Velázquez, lo que sumaría uno más a las cuentas, sumas y estadísticas.

Pero lo sorprendente de Verónica Alfonso es su sonrisa y su enorme capacidad y entereza para ser una sobreviviente de los abusos de poder sin retractarse de una sola línea del trabajo periodístico que hace. En Playa del Carmen, de 60 mil habitantes, en la Rivera Maya, “nos tenemos que cobijar unas a otras”, porque a las mujeres nos amenazan de distinta forma, me dijo.

Y es verdad, el documental de amenazas a las mujeres del gremio cambia de orientación. Las quieren controlar a través de su familia, el bien conocido como natural para las mujeres, el bien más apreciado. A Verónica que se ha puesto al frente de esta defensa, que ha viajado de una oficina a otra del ministerio público, le dicen con frecuencia que cuide a sus hijos, que cuide su casa, que ella es vulnerable.

Me puedo imaginar estas acciones. Hace años, en Sinaloa -cuando creíamos que los narcos y sus organizaciones estaban ahí localizados preferentemente, tanto como en Guadalajara- tras la cobertura de una discusión sobre una Ley de Educación, es decir una nota aparentemente tranquila, el gobernador de aquella entidad me dijo: qué era de mi marido y mis hijos, contándome que sabía el oficio de mi compañero, su nombre y dirección de la escuela secundaria de mi hija y de mi hijo. Me estremecí cuando me di cuenta que era una amenaza y que era en contra de quienes más amo.

Eso sucede con las mujeres periodistas. En 1995 en una reunión de Red Nacional de Periodistas les preguntamos cuáles eran los riegos en su salud, una mayoría increíble habló entonces de la inseguridad de sus vidas y su integridad. Nos contaron cómo les rompían los cristales a sus autos, que les llamaban por teléfono; nos decían cómo en sus medios locales la respuesta era que exageraban, faltó que les llamaran histéricas como acostumbra el rezo patriarcal.

Sobre todo, recuerdo, eran compañeras de Veracruz y Sinaloa. Nos pareció terrible. Ninguna es un ícono heroico ni están protegidas por las organizaciones nacionales e internacionales de Derechos Humanos, ni les dan un lugar preferencial en las listas de protegidos contra el crimen. Viven con eso, como pueden.

Hoy, cuando contamos el número de homicidios contra las y los compañeros en el país, que llegan a 68 si sumamos al compañero de Verónica Alfonso, la cuestión parece realmente ingente.

Pero hay más. El daño ocasionado por la guerra desatada por Felipe Calderón en el país, ha producido en la vida cotidiana un miedo que se aloja en el cuerpo. Puede no significar una amenaza directa, pero es desestabilizador vivir en Nuevo León, por ejemplo.

De esa norteña entidad, tengo otra colega que acabó en el hospital con los nervios de punta, un principio de úlcera y finalmente hipertensión. La razón era el miedo que tenía cada mañana cuando iba a dejar a sus hijas a la escuela de encontrarse una balacera en plena vía rápida o de regreso a casa algún cadáver o una vía cortada por los narco-retenes instalados de improviso y dificultando todo tránsito. Esa sensación que no se reconoce a simple vista afectó su salud, porque tenía miedo por ella y por sus dos hijas. Internamente teme por su compañero, por su madre, por sus hermanas.

Otra colega enfrenta un padecimiento sin un diagnóstico exacto del personal médico. A ella, le tocó cubrir el conflicto magisterial de 2006 y mucho de lo que aquella revuelta social provocó entre la gente, mujeres y hombres indignados frente a un gobierno que se impuso por la fuerza de la seguridad pública o con paramilitares. Barricadas, marchas, enfrentamientos, asesinatos, gases picantes que cayeron sobre las mujeres y los hombres, el apresamiento y la libertad a cuenta gotas de muchas personas.

Al mismo tiempo tenía que viajó constantemente al norte del país durante poco más de un año para dar seguimiento a una información en el que estaban involucrados militares. Alguna vez en su correo electrónico estaba una amenaza que la llenó de miedo por su familia, sólo pidió a sus hijas que fueran precavidas y no dijo nada a nadie más, se guardó el miedo, vivió con él durante mucho tiempo. El daño físico que vive no forma parte de las denuncias, ni está en la lista de las desapariciones.

Es sencillamente una víctima, como la compañera de Nuevo León, una persona más de las quizá miles o millones que contienen esa rara desesperanza frente a lo acontecido y lo que significa la espiral de violencia en el país.

Por eso Verónica Alfonso me ha sorprendido, porque ha puesto su cuerpo y su vida en la vera de un camino sinuoso en Quintana Roo y a pesar de la realidad, ninguna de ellas tiene la tribuna del esplendor y la denuncia, que a veces llega a otros lares y países, son periodistas de a pie, que cubren sus informaciones bajo riesgo, en completa vulnerabilidad. Asuntos que están en el subsuelo de la protesta del 7 de agosto, esa que se levantó espontáneamente para decir ¡basta! El oficio, este de contar el día a día, de ir a informarse para que el resto de la sociedad sepa, no sólo vive el peligro latente de una bala directa o perdida, de un apresamiento preciso o en la confusión sino que se va llevando vida y bienestar.

El grito es pedir paz y seguridad en un trabajo que necesariamente tiene que desarrollarse en la arena pública, buscando dar la noticia, esa simple y llana, sin mayores pretensiones. Es hora de mantener este arropo necesario, Sin duda. ¿Quién dice yo?

saralovera@yahoo.com.mx

domingo, 1 de agosto de 2010

Colombia: Las políticas anunciadas no solucionan la subordinación femenina, afirma Piedad Córdoba


Por Sara Lovera
Bogotá, julio (SEMlac).- "Yo, negra, enemiga del país, terrorista, irreverente, política, buena senadora, cercada por los paramilitares, secuestrada, necia, capaz de pensar que hay que detener la degradación humana; polémica sí, pero convencida de que puede haber otro mundo posible".
Así se presenta Piedad Córdoba, de Medellín, 55 años, senadora de la República, afrodescendiente, tejedora de los actos humanitarios que han liberado a secuestrados de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, entre ellos a Ingrid Betancourt.
Es la misma que fue involucrada en la guerrilla e identificada como agente de Hugo Chávez. La que dice que, como mujer política, sufre directamente, con una campaña permanente de desprestigio, lo que sufren millones en un estado de violencia institucional.
Afirma convencida: "No me arredro. Mi única tarea es conseguir la paz en Colombia", tras denunciar que, durante el gobierno de Álvaro Uribe, han sido asesinados y/o encarcelados 5.000 jóvenes que han sido utilizados como si fueran guerrilleros, entre ellos muchachos pobres, campesinos e indígenas.
Es lo que se llama falsos positivos, inventados por el paramilitarismo y mostrados al mundo como resultado positivo de la lucha contra la guerrilla, el narcotráfico y la delincuencia, dice.
Córdoba aseguró a SEMlac que se ha probado cómo esos muchachos son utilizados sin piedad, situación ya denunciada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Y afirma que de los cuerpos militares han salido todos los paramilitares.
Habla con confianza absoluta con SEMlac; a picotazos, define su visión sobre el momento actual. Fue invitada por la Casa de la Mujer de Bogotá para hablar a las participantes al encuentro de la Red Feminista Latinoamericana y del Caribe por una Vida sin Violencia para las Mujeres, al cual asistieron representantes de 12 países de la región.
Piedad Córdoba explica que, con el pretexto del conflicto colombiano, "crece la ocupación militar de los Estados Unidos en la región y se establece una política de 'seguridad', que se cobra en los cuerpos y la vida de las mujeres sus más evidentes daños colaterales".
Se reconoce formada por la Casa de la Mujer y es impulsora del grupo Ruta Pacífica, una organización que documenta y apoya todas aquellas acciones destinadas a acabar con la violencia feminicida contra las mujeres.
Tras su larga trayectoria política, afirmó a SEMlac que la fuerza que tiene para enfrentar a los políticos, a los militares y a los paramilitares le viene de la lectura del Factor Humano, de Nelson Mandela.
Desde 1991 no ha cesado en la búsqueda de acuerdos políticos para resolver el conflicto en Colombia, que solamente en los últimos años ha cobrado la vida de 5.000 personas.
Advirtió a las reunidas que actualmente hay una 'catarata discursiva' sobre el avance de las mujeres, que nada tiene que ver con la vida diaria de millones de pobladoras de la región, cercadas por una lógica de muerte y poder, un verdadero patriarcalismo autoritario, de fuerza deshumanizada, como signo de nuestros tiempos, en el que muchos gobernantes son dominados por los poderes extra gubernamentales, lo que se conoce como poderes fácticos.
Dijo a esta agencia que la movilización y la lucha para disminuir la violencia contra las mujeres se convertirá sólo en una procesión, si tras ella no existe una la lucha por la toma del poder.
Militante independiente del Partido Liberal, Córdoba afirmó que la guerra, el militarismo, el capitalismo exacerbado y fatal impiden la ansiada libertad para todas nuestras congéneres y marcan nuestra vida, la de las mujeres, no sólo por los bajos salarios, la inexistencia de buena vida y los empleos extenuantes, sino por la funesta circunstancia de violencia, pública y privada.
"Nada me duele más que verlas desnudas, completamente desnudas, en medio de este invierno colombiano. He visto a las jóvenes entregándose en las calles de Bogotá por un puñado de monedas", refiere.
Esos, insistió, "son los efectos de un Estado desastroso del que nos tenemos que hacer cargo".
Enseguida, durante una conversación apasionada y potente, a través de SEMlac, llama a las participantes de la Red Feminista a acompañar lo que denominó un período difícil para la región (Colombia, Ecuador, Venezuela, El Salvador, Honduras, Panamá, Perú, México).
"Viene una etapa que será muy terrible", dijo. Su relato es potente y agrega: "yo vivo el rechazo sistemático de una población convencida de que soy enemiga de mi país…cuando llego a un aeropuerto me da horror, me dicen de todo, me acusan" y sus ojos se nublan momentáneamente para volver a ser refulgentes. Pasa por una tristeza larga, que habla de cómo su vida cotidiana está marcada por intervenciones telefónicas, por una aguda y sistemática persecución y vigilancia a la que ya se acostumbró, a pesar de todo.
"Ya no tengo escolta alguna que me cuide, la he rechazado, ya no hay nada que no me inventen para hostigarme, todo el tiempo", comenta.
Entrevistada el día en que el presidente Hugo Chávez rompió relaciones con Colombia, pidió a las mujeres que luchan contra la violencia específica y de género, que "nos acompañen en esta travesía", y las invitó a realizar una reunión regional que analice y muestre "cómo es demagógica la mentira del avance para este sector poblacional".
Propuso que se ponga en la picota la llamada Política Pública que surgió de la Conferencia de Beijing, realizada en 1995 por la ONU, con un plan de acción para mitigar la dominación femenina.
Bella, ataviada con su emblemático turbante, elegantemente vestida, entreteje sus manos nerviosas, acaricia un anillo grande y vistoso en su dedo índice izquierdo y cuenta que ha descubierto una nueva fosa común en la población de La Macarena, donde hay por lo menos 2.000 cadáveres, víctimas de la represión durante el gobierno de Uribe, el que promueve sin descanso eso que llama "seguridad democrática".
Sostenida por su largo andar, Piedad Córdoba afirma que el papel político de las mujeres debiera ser otro, al referir que las políticas anunciadas por los gobiernos no solucionan el problema fundamental de la subordinación femenina.
Reiteró que realizar urgentemente una Conferencia Regional que analice qué ha pasado en los últimos 30 años nos puede dar otro horizonte: la vida de las mujeres ha cambiado tremendamente con las políticas neoliberales, que también necesitan combatirse. Piedad lo define como "letal avance".
Los informes de la Red Feminista le dan la razón; en todos ellos la estadística muestra un aumento de la violencia contra las mujeres, impunidad, leyes no cumplidas, creciente simulación, mientras ellas aumentan su carga cotidiana y sostienen, con el cuidado, las crisis económicas recurrentes. Pierden hijos, maridos y hermanos en los distintos conflictos y son, sistemáticamente, víctimas y asesinadas.
Ella es una política que ha sido identificada con el presidente Hugo Chávez de Venezuela, lo que niega categóricamente. "Lo que he hecho es dialogar y convenir para salvar vidas", insiste.
Recuerda cómo los poderes en Colombia han tratado de involucrar, por ejemplo, al presidente de Ecuador en un supuesto apoyo a la guerrilla colombiana y refiere que detrás están la misma políticas que urdieron el golpe en Honduras, asesoran la política de seguridad del gobierno de México, intervienen en las acciones gubernamentales de El Salvador y crean el espacio para las nuevas bases militares de Estados Unidos", sostiene.
Luego, en su tono contestatario, dice sarcástica: "Si hubiera avance real para las mujeres, yo sería hace tiempo presidenta de Colombia", porque, explica, "soy una mujer capaz de enfrentar con fortaleza la degradación humana insoportable, y creo que nosotras nos soldamos con la fuerza necesaria para sobrevivir. Eso nos hace diferentes".
Pintada de cuerpo entero, Piedad Córdoba nos cuenta cómo, a pesar de las prohibiciones, fue a la Plaza Bolívar de Bogotá, donde el 20 de julio, en la jornada del bicentenario de la independencia, miles y miles de pobladores del campo y las ciudades se dieron cita para hacer una contramanifestación. "Eso me da esperanza, la gente se está levantando", dice.
Y ahí habló de cómo "nada se puede celebrar todavía", y explicó que hace paralelamente un triple esfuerzo: negocia como senadora en la creación de acuerdos políticos, comisiones de monitoreo sobre los detenidos como resultado de las declaraciones de los paramilitares que informaron de ese sistema de falsos positivos y toda la parafernalia de la "seguridad democrática", "que es una gran mentira y que será continuada por Santos", asegura.
Agrega que, durante el gobierno de Uribe, también se arrebataron muchas tierras a campesinos e indígenas colombianos, incluso a pequeños productores y propietarios. El desplazamiento ha sido feroz.
Sus palabras se van perdiendo poco a poco. La conversación discurre por su vida y su lucha, hacia lo que hoy toca hacer. Está parada la negociación para recuperar a los secuestrados, y hoy ella está centrada en nuevas negociaciones.
saralovera@yahoo.com.